La sustancia (2024)

0 views
0%
Póster de The Substance

The Substance

★★★☆☆ 6.5 / 10
🟡 Rareza 2/4
🟠 Mal rollo 3/5
🎬 Año 2024
⏱ Duración 2h 21 min
🌍 País Reino Unido
🎥 Directora Coralie Fargeat
📖 Guion Coralie Fargeat
🎭 Género Terror, Drama, Ciencia Ficción
💰 Presupuesto $17,500,000
💵 Taquilla Desconocida

🎬

¿Dónde verla?

Disponibilidad en streaming, alquiler y compra

Unfortunately, we couldn't find any streaming offers.
Source: JustWatch

La sustancia (2024): belleza, juventud y el monstruo que Hollywood lleva dentro

Aviso: este análisis contiene spoilers importantes de La sustancia (The Substance, 2024).

Hay películas que hablan de los cánones de belleza con sutileza, recurriendo a silencios, miradas frente al espejo y alguna metáfora discreta sobre el paso del tiempo. La sustancia no pertenece precisamente a ese grupo. Coralie Fargeat prefiere abordar el asunto utilizando agujas, espaldas que se abren, dientes que se caen, cuerpos que envejecen a una velocidad imposible y una cantidad de sangre que, hacia el final, deja de comportarse como un líquido y empieza a parecer un fenómeno meteorológico.

Podría parecer que semejante despliegue está diseñado únicamente para provocar, pero debajo de todo ese espectáculo grotesco hay una historia sorprendentemente sencilla. Elisabeth Sparkle no quiere limitarse a parecer más joven. Lo que realmente desea es volver a sentirse valiosa, volver a entrar en una habitación y notar que las miradas siguen dirigiéndose hacia ella. La diferencia parece pequeña, pero es precisamente lo que convierte La sustancia en algo bastante más interesante que una simple película de body horror sobre una mujer que teme envejecer.


🧪 La sustancia (2024): una promesa demasiado buena para terminar bien

Elisabeth Sparkle fue una gran estrella y todavía conserva algunos restos visibles de aquella fama. Tiene incluso su propia estrella en el Paseo de la Fama, aunque la secuencia inicial se encarga de desmontar rápidamente cualquier romanticismo asociado al éxito. Primero vemos la inauguración, las cámaras y la gente celebrándola; después llegan los años, las pisadas, la suciedad y finalmente alguien deja caer comida encima de su nombre. En pocos minutos, Fargeat resume una carrera artística completa sin necesidad de explicar demasiado.

En el presente, Elisabeth presenta un programa televisivo de aerobic, pero cumple cincuenta años y Harvey, el ejecutivo responsable del programa, decide sustituirla. No ha perdido talento ni existe ningún problema evidente con su trabajo. Simplemente ha cometido uno de esos pecados que la industria del entretenimiento parece perdonar con mucha más facilidad a los hombres: hacerse mayor delante de una cámara.

Dennis Quaid interpreta a Harvey convirtiéndolo casi en una criatura. Come de manera desagradable, invade el espacio de los demás y habla de las mujeres como si estuviera seleccionando envases para un producto. Su exageración no es accidental. Harvey importa menos como individuo que como representación de todo un sistema donde la juventud femenina tiene fecha de caducidad y donde una mujer puede pasar de ser una estrella a resultar prescindible sin que nadie considere necesario disimular demasiado.

Es entonces cuando Elisabeth descubre The Substance, un misterioso tratamiento que promete crear una versión mejor de uno mismo. Más joven, más atractiva y aparentemente perfecta. Tras utilizarlo, de su propio cuerpo emerge Sue, interpretada por Margaret Qualley, y las instrucciones establecen una norma muy sencilla: Elisabeth podrá vivir durante siete días y después deberá cederle el turno a Sue durante otros siete. Ambas comparten una misma existencia y cualquier desequilibrio tendrá consecuencias.

Naturalmente, una regla tan clara en una película de este tipo está ahí para ser incumplida.


🪞 Elisabeth Sparkle y el verdadero horror de mirarse al espejo

Uno de los mayores aciertos de La sustancia es que Elisabeth no está presentada únicamente como una víctima de una industria cruel. Eso habría sido demasiado sencillo. Hollywood la rechaza por su edad, sí, pero después de tantos años viviendo dentro de ese sistema ya no necesita que nadie le recuerde constantemente que debería parecer más joven. Ha interiorizado completamente esa mirada y puede continuar castigándose ella sola.

La escena en la que se prepara para salir con Fred, un antiguo compañero de clase, es probablemente uno de los mejores ejemplos. Fred está encantado de haberla encontrado y no parece tener ningún problema con su aspecto, pero Elisabeth comienza a arreglarse y cuanto más se observa en el espejo, más defectos encuentra. Cambia el maquillaje, vuelve a empezar, modifica otra cosa y termina prácticamente destruyendo el resultado porque ninguna versión le parece suficientemente buena.

La escena resulta especialmente triste porque Fred no está exigiendo nada. El juicio que Elisabeth teme ni siquiera está presente en la habitación. Lo ha aprendido tan bien que ya puede imaginarlo sin ayuda.

Ahí está una de las claves de toda la película. Elisabeth ya no sabe verse directamente. Solo sabe imaginar cómo cree que la ven los demás. Cuando se mira al espejo no contempla simplemente su rostro, sino todo aquello que piensa que ha perdido con los años: juventud, deseo, éxito, poder y atención.

Por eso Sue resulta tan irresistible.


👯 Sue no es una rival: es Elisabeth convertida en fantasía

La película insiste varias veces en una idea que ambas protagonistas parecen olvidar con sorprendente facilidad: Elisabeth y Sue no son realmente dos personas diferentes. Las instrucciones lo dejan claro desde el principio. Son una sola.

Sin embargo, a medida que avanza la historia comienzan a comportarse como enemigas. Sue roba tiempo para continuar disfrutando de su juventud mientras Elisabeth envejece como consecuencia. Elisabeth responde dejando el apartamento hecho un desastre, comiendo compulsivamente y tratando el cuerpo de Sue casi como si perteneciera a una desconocida que le hubiera arruinado la vida.

La ironía es que Sue existe precisamente porque Elisabeth quería ser ella.

Sue representa todo aquello que Elisabeth considera perdido. Es joven, deseada, admirada y capaz de atraer inmediatamente la atención de los demás. Cuando consigue el antiguo puesto televisivo de Elisabeth, la sustitución se vuelve brutalmente literal: la industria no necesita encontrar una mujer diferente, simplemente quiere exactamente el mismo producto en una versión más nueva.

Al principio, Elisabeth parece disfrutar indirectamente del éxito de Sue porque puede pensar que, en cierto sentido, también le pertenece. Pero pronto resulta evidente que observar desde fuera cómo otra versión de ti misma recibe todo aquello que tú deseas no produce precisamente una gran paz interior. Sue empieza a convertirse en una demostración permanente de lo que Elisabeth cree que debería ser.

La película transforma así una fantasía bastante común, imaginar cómo sería nuestra vida si fuéramos más jóvenes, más atractivos o simplemente “mejores”, en una auténtica guerra civil física.


📺 La crítica de La sustancia a Hollywood y la obsesión por la juventud

La sustancia no es una película especialmente interesada en la sutileza cuando habla de Hollywood, pero eso forma parte de su personalidad. Fargeat exagera los mecanismos de la industria hasta hacerlos grotescos, aunque la idea que hay debajo resulte perfectamente reconocible.

Harvey funciona como el ejemplo más evidente. Sus planos son incómodamente cercanos, especialmente cuando come, y la cámara insiste en mostrar bocas, dientes y comida de una manera casi repulsiva. Mientras los hombres encargados de decidir quién merece aparecer en televisión son filmados como criaturas poco atractivas, Sue es presentada exactamente al contrario.

Su cuerpo aparece continuamente fragmentado. Vemos piernas, cintura, labios, trasero y movimientos cuidadosamente diseñados para llamar la atención. La cámara reproduce deliberadamente la forma en que la publicidad y ciertos formatos televisivos convierten el cuerpo femenino en una colección de partes comercializables.

Lo interesante es que Sue tampoco parece necesitar ofrecer mucho más. Su éxito no depende de una personalidad especialmente fascinante ni de un talento extraordinario. Su principal función consiste en ocupar la pantalla de una manera visualmente deseable. El producto que vende es, fundamentalmente, ella misma.

Ahí está una de las partes más afiladas de la sátira. La industria no sustituye a Elisabeth porque haya encontrado algo nuevo o mejor desde el punto de vista creativo. La sustituye porque ha aparecido un envoltorio que considera más fácil de vender.


💉 El body horror como representación del odio hacia el propio cuerpo

Todo el deterioro físico de Elisabeth puede verse como una extensión exagerada de lo que ya estaba ocurriendo psicológicamente. Cuando Sue empieza a utilizar más tiempo del permitido, Elisabeth envejece de manera acelerada. Primero aparece un dedo deteriorado, después una pierna y finalmente el cuerpo entero comienza a deformarse.

La imagen es extrema, pero la lógica resulta bastante clara. Cada hora adicional que Elisabeth pasa siendo Sue implica destruir un poco más su cuerpo original. Está literalmente consumiéndose para mantener viva una versión de sí misma que considera más valiosa.

La crueldad del planteamiento está en que Elisabeth acepta inicialmente ese intercambio. Sue merece esas horas porque puede hacer cosas que Elisabeth cree que ya no puede hacer. Puede triunfar, salir, acostarse con quien quiera, ser admirada y sentirse deseada. El cuerpo de Elisabeth empieza a convertirse en algo que simplemente hay que guardar hasta que vuelva a ser necesario.

Sin embargo, Sue tampoco vive tranquila. Cuanto más éxito consigue, mayor es su miedo a perderlo, y esa ansiedad la empuja a romper las normas repetidamente. Elisabeth teme dejar de ser joven porque ya ha experimentado lo que significa para ella envejecer, mientras que Sue teme que llegue el día en que esa perfección desaparezca.

Las dos acaban atrapadas por exactamente la misma obsesión, aunque se encuentren en extremos opuestos del proceso.


🍗 El humor grotesco de La sustancia también forma parte del horror

A pesar de todos sus temas sombríos, La sustancia tiene bastante sentido del humor. No es una comedia, pero Fargeat sabe perfectamente que hay algo inevitablemente absurdo en toda esta historia y aprovecha esa exageración para hacer que determinadas escenas resulten tan incómodas como divertidas.

El momento en que Elisabeth cocina compulsivamente mientras observa a Sue en televisión es uno de los mejores ejemplos. Hay rabia, celos, resentimiento y también una especie de furia doméstica completamente pasada de vueltas. Elisabeth convierte la cocina en su pequeño campo de batalla mientras observa cómo la versión de sí misma que detesta continúa triunfando.

Y después está el pollo.

No voy a fingir que existe una manera especialmente elegante de analizar una escena en la que aparece un pollo cocinado saliendo de un lugar donde definitivamente no debería haber un pollo cocinado. Lo maravilloso es que Fargeat consigue que semejante imagen tenga sentido dentro del universo de la película. Para entonces, la frontera entre lo horrible y lo ridículo ya se ha evaporado casi por completo.

Ese humor evita además que La sustancia se convierta en una película solemne sobre los peligros de los estándares de belleza. Su estética es demasiado chillona, exagerada y conscientemente grotesca para eso. El mensaje está ahí, pero llega envuelto en una pesadilla pop que parece disfrutar enormemente de su propia falta de moderación.


💄 Demi Moore convierte el papel de Elisabeth en algo todavía más incómodo

Elegir a Demi Moore para interpretar a Elisabeth Sparkle añade inevitablemente otra dimensión a la película. Durante décadas, Moore fue una de las actrices cuya imagen estuvo más asociada a la belleza, el deseo y el estrellato de Hollywood. Verla interpretar a una mujer aterrorizada ante la posibilidad de dejar de ser considerada atractiva produce un efecto difícil de separar de su propia trayectoria pública.

Sin embargo, lo más interesante de su interpretación no está en las grandes escenas de transformación, sino en los momentos silenciosos. Moore consigue que entendamos la vulnerabilidad de Elisabeth sin convertirla en una figura completamente pasiva. Puede ser cruel, egoísta y autodestructiva, pero también resulta dolorosamente fácil comprender cómo ha llegado hasta allí.

Su apartamento contribuye mucho a esa sensación. Es grande, elegante y extrañamente vacío, mientras una enorme fotografía de Elisabeth en sus años de gloria domina la habitación. La imagen funciona casi como un fantasma. Elisabeth vive literalmente bajo la mirada de la mujer que fue y con la que siente que ya no puede competir.

No necesita un extraño recordándole todos los días que ha envejecido. Tiene una gigantesca versión de sí misma observándola desde la pared.


🏋️ Margaret Qualley y Sue: incluso la perfección necesita conservarse

Sue podría haberse convertido fácilmente en una villana, pero la película es más interesante cuando la entendemos como una extensión de Elisabeth. Su comportamiento se vuelve cada vez más egoísta, pero su miedo tampoco resulta tan distinto.

Durante sus primeros días, Sue parece vivir exactamente la fantasía que Elisabeth deseaba. Consigue trabajo inmediatamente, alcanza un éxito enorme y recibe una atención constante. Su cuerpo abre puertas sin necesidad de grandes explicaciones y todo parece avanzar con una facilidad casi obscena.

El problema es que conseguir aquello que Elisabeth deseaba no elimina la inseguridad. Simplemente crea otra distinta. Sue empieza a temer perder su posición, así que intenta permanecer activa durante más tiempo y comienza a tratar los periodos de Elisabeth como un inconveniente que debería poder evitarse.

Ese detalle resulta especialmente interesante porque desmonta la idea de que alcanzar un supuesto cuerpo ideal acabaría automáticamente con la ansiedad. Sue posee exactamente aquello que Elisabeth creía necesitar y, aun así, también vive pendiente del momento en que pueda desaparecer.

La perfección tampoco resulta muy relajante cuando sabes que tiene fecha de caducidad.


🧟 Monstro Elisasue y el momento en que La sustancia pierde definitivamente los frenos

La relación entre Elisabeth y Sue acaba destruyéndose completamente cuando Elisabeth intenta eliminar a su otra versión, se arrepiente y termina rompiendo el equilibrio que mantenía el procedimiento. Después de una película entera dedicada a perseguir una forma ideal, el resultado final es precisamente lo contrario.

Entonces aparece Monstro Elisasue.

La criatura es grotesca, excesiva y visualmente absurda, pero también resulta bastante triste. Incluso en ese estado sigue intentando prepararse para aparecer en público. Se viste, se adorna y se coloca frente al espejo porque todavía existe dentro de ella la necesidad de resultar aceptable ante los demás.

Esa escena resume perfectamente la lógica de la película. Elisabeth ha destruido su cuerpo tratando de alcanzar un modelo de perfección y, cuando ya no queda prácticamente nada humano reconocible, continúa intentando ajustarse a ese mismo estándar.

Después llega el gran espectáculo televisivo y el público reacciona con horror. La misma maquinaria que había convertido la belleza de Sue en un producto rechaza inmediatamente aquello que ya no encaja en su definición de lo deseable.

Y entonces comienza el baño de sangre.

La secuencia es tan exagerada que cualquier intento de mantener un tono realista desaparece definitivamente. La sangre empapa al público, invade el escenario y convierte todo el evento en una especie de celebración grotesca de aquello que la industria llevaba toda la película intentando esconder.


🩸 El final de La sustancia explicado: Elisabeth regresa a su estrella

Después de la destrucción de Monstro Elisasue queda únicamente un pequeño fragmento de Elisabeth, que consigue arrastrarse hasta su estrella del Paseo de la Fama. Es un final bastante cruel porque Elisabeth termina regresando precisamente al símbolo de aquello que llevaba toda la película intentando recuperar.

Durante unos instantes parece encontrar cierta paz. Mira la antigua imagen de sí misma y sonríe mientras recuerda una versión de su vida asociada al éxito y la admiración. Sin embargo, ese momento dura poco. Su cuerpo termina desapareciendo y, a la mañana siguiente, una máquina de limpieza elimina los restos sin ninguna ceremonia.

La industria continúa funcionando como si Elisabeth nunca hubiera existido.

El final conecta además con el comienzo de manera muy efectiva. La película había empezado mostrándonos cómo la estrella pasaba de ser un símbolo de triunfo a convertirse en una superficie que la gente pisa sin prestar atención. Ahora Elisabeth acaba literalmente sobre esa misma estrella, reducida a otra mancha que será limpiada antes de que empiece un nuevo día.

Su obsesión consistía en recuperar la atención de los demás, pero termina desapareciendo en un lugar por el que miles de personas seguirán caminando sin saber qué ocurrió.


🧠 La sustancia no trata solamente sobre envejecer

La lectura más evidente de La sustancia tiene que ver con los estándares de belleza y la presión que existe sobre las mujeres para conservar una apariencia joven, pero la película funciona mejor cuando se lleva esa idea un poco más lejos.

El verdadero problema de Elisabeth no es simplemente que haya envejecido. Es que ha construido toda su identidad alrededor de aquello que los demás ven cuando la miran. Cuando esa mirada cambia, siente que también desaparece su valor personal.

The Substance funciona precisamente porque promete algo más profundo que una transformación física. Ofrece la posibilidad de convertirse en alguien que supuestamente merece ser querido, admirado y deseado otra vez. Para aceptar esa propuesta, sin embargo, Elisabeth tiene que asumir previamente que su versión actual ya no merece todo eso.

De ahí surge prácticamente toda la tragedia. Elisabeth no busca mejorar algunos aspectos de su vida, sino sustituirse. Sue merece salir, triunfar y ser vista, mientras Elisabeth se esconde. Sue representa el futuro y Elisabeth empieza a considerarse a sí misma una especie de residuo del pasado.

La violencia física de la película nace de esa división interna. El monstruo no aparece realmente cuando surge Monstro Elisasue, sino mucho antes, en el momento en que Elisabeth decide que una versión de sí misma merece existir más que la otra.


🎬 La estética de La sustancia: belleza publicitaria convertida en pesadilla

Visualmente, La sustancia está construida alrededor del exceso. Los colores están muy saturados, los espacios parecen deliberadamente artificiales y las composiciones utilizan continuamente líneas y simetrías que hacen que muchos lugares tengan un aspecto casi irreal.

Se pueden detectar ecos del cine de Stanley Kubrick en determinados pasillos, encuadres y movimientos de cámara, mientras que las transformaciones corporales remiten inevitablemente a la tradición del body horror. Sin embargo, Fargeat mezcla esas influencias con algo mucho más cercano: la estética de la publicidad, los programas de fitness y las imágenes de cuerpos perfectamente iluminados que consumimos constantemente.

El resultado parece una campaña publicitaria que ha empezado a pudrirse desde dentro.

Todo comienza siendo limpio, brillante y atractivo. Las superficies reflejan la luz, los cuerpos están cuidadosamente encuadrados y todo parece diseñado para vender una fantasía. Poco a poco empiezan a aparecer grietas, deformaciones y fluidos hasta que aquella imagen de perfección termina completamente destruida.


⭐ La sustancia (2024): una película incapaz de decir “ya es suficiente”

La sustancia podría haber contado su historia de una manera mucho más contenida y seguramente habría seguido funcionando. Pero Coralie Fargeat parece entender que una película sobre una cultura obsesionada con el exceso necesita ser igualmente excesiva.

No basta con ser atractiva, hay que ser perfecta. No basta con parecer joven, hay que eliminar cualquier señal del paso del tiempo. No basta con mejorar, hay que convertirse en otra persona. La propia película adopta esa lógica y se niega constantemente a detenerse cuando parece haber llegado al límite.

Cuando pensamos que el body horror ya ha alcanzado su máximo nivel, aparece otra transformación. Cuando parece que la historia está llegando a su desenlace, surge Monstro Elisasue. Y cuando uno sospecha que la película ya no puede aumentar más el caos, aparece una cantidad de sangre capaz de redecorar un teatro entero.

Ese exceso puede resultar agotador para algunos espectadores, pero también es una parte fundamental de su personalidad. La sustancia quiere ser desagradable, divertida, triste, grotesca y visualmente hermosa prácticamente al mismo tiempo.

Debajo de toda esa carne deformada, sin embargo, queda una historia bastante humana. Elisabeth Sparkle quería volver a gustarse, pero llevaba demasiado tiempo confundiendo su propio valor con la atención que recibía de los demás. Cuando intenta fabricar una versión perfecta de sí misma, acaba creando una división que la destruye por completo.

Por eso la frase que repiten las instrucciones durante toda la película acaba siendo tan importante. Elisabeth y Sue pasan buena parte de la historia tratándose como enemigas, pero nunca fueron realmente dos mujeres distintas.

Siempre fueron la misma persona.

Y quizá ese sea el detalle más cruel de La sustancia: Elisabeth pasó toda la película intentando escapar de sí misma cuando, en realidad, era precisamente consigo misma con quien necesitaba aprender a convivir.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *