
Video Actor: Roy Andersson (Director)
Roy Andersson: el cineasta que convirtió la tristeza cotidiana en un extraño espectáculo
Los primeros años de un director poco convencional
Roy Andersson nació el 31 de marzo de 1943 en Gotemburgo, Suecia. Con el tiempo se convertiría en uno de los cineastas europeos más reconocibles de las últimas décadas, aunque su carrera estuvo muy lejos de seguir una trayectoria convencional.
Estudió dirección en el Instituto Sueco de Cine y comenzó realizando cortometrajes antes de dar el salto al largometraje. Desde sus primeros trabajos mostró interés por personajes corrientes, relaciones incómodas y pequeños momentos cotidianos en los que podían convivir el humor, la tristeza y una sensación bastante persistente de que la existencia humana es una maquinaria diseñada por alguien con un peculiar sentido del humor.
Su estilo posterior tardaría todavía años en definirse, pero esa mirada hacia las personas comunes ya estaba allí.
Una historia de amor sueca y un debut inesperadamente exitoso
Su primer largometraje, Una historia de amor sueca, estrenado en 1970, fue recibido con entusiasmo y convirtió rápidamente a Andersson en una de las nuevas promesas del cine sueco.
La película relata el romance entre dos adolescentes durante un verano, pero detrás de la aparente sencillez de la historia aparece ya uno de los temas que acompañaría al director durante toda su carrera: la diferencia entre las ilusiones que construimos y la realidad considerablemente menos elegante que suele esperarnos.
Los jóvenes protagonistas contemplan el futuro con entusiasmo mientras los adultos que los rodean parecen atrapados en matrimonios frustrados, trabajos rutinarios y silencios incómodos.
La película posee una naturalidad muy distinta al estilo extremadamente elaborado que Andersson adoptaría décadas después, pero permite descubrir algunas de las semillas de su cine posterior.
Un fracaso que cambió completamente su carrera
Después del éxito inicial llegó Giliap, estrenada en 1975. La recepción fue mucho más fría y la película supuso un duro golpe para Andersson.
Tras aquella experiencia se alejó durante muchos años de la dirección de largometrajes. En lugar de abandonar completamente el audiovisual, comenzó a trabajar intensamente en publicidad.
Lo que podría parecer un desvío terminó teniendo una importancia enorme.
Durante esos años desarrolló una forma muy particular de construir imágenes: planos cuidadosamente diseñados, escenarios artificiales, iluminación precisa, personajes colocados casi como figuras dentro de un cuadro y un humor basado más en la composición que en el montaje.
Cuando regresó finalmente al largometraje, Roy Andersson ya no filmaba como el director que había comenzado su carrera en los años setenta.
Había construido prácticamente un idioma cinematográfico propio.
El nacimiento del universo de Roy Andersson
A partir de los años ochenta y noventa realizó cortometrajes y proyectos que fueron definiendo progresivamente su estética.
Los decorados comenzaron a adquirir un aspecto deliberadamente artificial. Los personajes aparecían con rostros pálidos, atrapados en oficinas, bares, dormitorios o salas de espera que parecían suspendidas fuera del tiempo.
La cámara apenas se movía.
En lugar de utilizar primeros planos o montaje rápido, Andersson comenzó a trabajar con largos planos generales en los que varias acciones podían ocurrir simultáneamente.
El espectador tenía que observar la imagen.
Y cuanto más observaba, más cosas extrañas aparecían.
Una discusión absurda en una esquina podía convivir con una pequeña tragedia al fondo del plano. Alguien podía sufrir una humillación mientras otra persona continuaba comiendo tranquilamente. Nadie parecía demasiado sorprendido por nada.
El mundo de Andersson comenzaba a parecerse al nuestro después de haber pasado varias noches sin dormir.
Canciones del segundo piso: el gran regreso
En el año 2000 estrenó Canciones del segundo piso, su primer largometraje en aproximadamente veinticinco años.
La película confirmó que Andersson había regresado convertido en un cineasta completamente diferente.
En lugar de desarrollar una historia tradicional, construyó una sucesión de escenas conectadas por personajes, situaciones y temas recurrentes. Ejecutivos despedidos, personas desesperadas, comerciantes, religiosos y ciudadanos aparentemente perdidos forman parte de una sociedad que parece estar sufriendo un colapso silencioso.
El humor es fundamental, aunque rara vez adopta la forma de un chiste convencional. Andersson encuentra comicidad en las pausas, en los gestos, en la arquitectura y en la absoluta incapacidad de sus personajes para comprender lo que está ocurriendo.
El resultado puede ser deprimente y divertidísimo prácticamente al mismo tiempo.
La comedia de la vida: existir también tiene algo de ridículo
En 2007 llegó La comedia de la vida (Du levande / You, the Living), una de las películas más representativas de su estilo.
El título procede de una cita de Goethe que invita a alegrarse por estar vivo, pero Andersson convierte esa idea en algo mucho más ambiguo.
La película presenta decenas de personajes que atraviesan pequeñas derrotas, deseos frustrados, sueños imposibles y situaciones absurdas. No existe un protagonista tradicional ni una historia que avance hacia una gran conclusión.
Lo que existe es la humanidad.
Y aparentemente la humanidad está cansada, enamorada, enfadada, borracha, preocupada por las facturas y ligeramente desconcertada por el hecho de existir.
Andersson observa a sus personajes con ironía, pero rara vez con crueldad. Incluso cuando son ridículos, siempre existe cierta compasión detrás de la cámara.
Ese equilibrio resulta fundamental. El director puede burlarse de las personas, pero nunca parece olvidar que él también pertenece al mismo desastre.
Planos que parecen cuadros
Una de las características más reconocibles del cine de Roy Andersson es su composición visual.
Muchas de sus escenas están construidas completamente en estudio. Las paredes poseen tonos apagados, los personajes aparecen maquillados con colores pálidos y la iluminación elimina buena parte de las sombras.
El resultado produce una sensación extraña: todo parece real y artificial al mismo tiempo.
Sus planos pueden recordar a pinturas cuidadosamente organizadas, pero dentro de ellas ocurren pequeñas catástrofes humanas.
Andersson evita casi siempre los movimientos de cámara y los primeros planos. Prefiere observar a sus personajes desde cierta distancia, permitiendo que entren y salgan de los espacios mientras la cámara permanece inmóvil.
La ausencia de movimiento termina generando una tensión peculiar.
En una película convencional, la cámara nos indica dónde mirar. En Andersson, uno nunca sabe exactamente dónde aparecerá el detalle importante.
Humor nórdico con cara de funeral
El humor de Roy Andersson es difícil de describir porque funciona precisamente mediante la contradicción.
Los personajes pueden contar algo absurdo con una expresión completamente seria. Una situación trágica puede desarrollarse mientras alguien continúa realizando una tarea insignificante. Una escena puede durar varios segundos más de lo que parecería razonable hasta convertirse, precisamente por esa duración, en algo cómico.
Existe también una enorme fascinación por los pequeños fracasos sociales.
Personas que intentan ligar y fracasan.
Personas que intentan vender algo y fracasan.
Personas que intentan explicar sus problemas y descubren que nadie tiene demasiadas ganas de escucharlos.
Andersson convierte estas pequeñas humillaciones en una especie de comedia existencial donde la gran pregunta sobre el sentido de la vida puede compartir plano con alguien preocupado porque ha perdido el autobús.
Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia
En 2014 estrenó Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, probablemente el título que mejor resume su particular sentido del humor.
La película completó una trilogía informal iniciada con Canciones del segundo piso y continuada con La comedia de la vida.
De nuevo, Andersson construye la película mediante escenas independientes y personajes aparentemente insignificantes. Entre ellos aparecen dos vendedores de artículos de broma que recorren diferentes lugares intentando colocar productos como colmillos de vampiro y máscaras grotescas.
Sus intentos comerciales son tan poco entusiastas que resulta difícil imaginar una estrategia empresarial peor diseñada.
La película obtuvo el León de Oro en el Festival de Venecia, uno de los mayores reconocimientos de la carrera del director.
Sobre lo infinito y la mirada sobre la humanidad
En Sobre lo infinito, estrenada en 2019, Andersson continuó explorando los mismos territorios visuales y temáticos.
La película presenta nuevamente escenas independientes protagonizadas por personas corrientes, aunque aparecen también acontecimientos históricos y situaciones fantásticas.
Un sacerdote pierde la fe, una pareja flota sobre una ciudad destruida y otras personas atraviesan pequeños momentos de dolor, ternura o desconcierto.
El título resulta apropiado porque Andersson parece haber convertido toda su carrera en una observación interminable de la condición humana.
No busca grandes héroes.
Le interesan las personas atrapadas en una cafetería, esperando una respuesta, intentando vender algo o simplemente mirando por una ventana sin saber demasiado bien qué hacer después.
Un director que fabrica cada plano
El método de trabajo de Andersson explica en parte por qué sus películas tardan años en completarse.
Sus escenarios suelen construirse expresamente y cada composición se prepara con enorme precisión. En lugar de filmar rápidamente muchas escenas para resolverlas posteriormente durante el montaje, Andersson trabaja los planos como unidades prácticamente independientes.
La profundidad del decorado, la posición de los actores, los objetos y la iluminación forman parte del significado de la escena.
Por eso sus películas poseen una identidad visual tan reconocible. Basta contemplar unos segundos de una secuencia para sospechar inmediatamente quién está detrás de la cámara.
En un medio donde muchos directores pueden cambiar radicalmente de estilo entre proyectos, Roy Andersson ha creado algo bastante más difícil: un universo que parece existir únicamente cuando él lo filma.
El extraño humanismo de Roy Andersson
Debajo del pesimismo aparente existe una dimensión profundamente humanista en su cine.
Sus personajes están solos, frustrados y con frecuencia completamente perdidos, pero Andersson no los presenta como criaturas despreciables. Los observa con una mezcla de tristeza y ternura.
Quizá por eso sus películas funcionan de una manera tan peculiar.
Podemos reírnos de una persona que está haciendo el ridículo y, segundos después, sentir cierta pena porque comprendemos perfectamente por qué lo hace.
Andersson parece recordarnos constantemente que todos estamos participando en la misma representación extraña, aunque algunos hayan olvidado el guion y otros todavía estén buscando el escenario.
El legado de un cineasta irrepetible
Roy Andersson ocupa un lugar muy particular dentro del cine europeo contemporáneo. Sus películas no se parecen demasiado al cine convencional, pero tampoco necesitan recurrir a una experimentación completamente abstracta.
Sus historias siguen hablando de cosas reconocibles: amor, trabajo, miedo, soledad, dinero, envejecimiento y muerte.
La diferencia está en la forma de observarlas.
En películas como Canciones del segundo piso, La comedia de la vida o Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, Andersson ha construido una especie de teatro cinematográfico donde la humanidad aparece expuesta con todas sus pequeñas miserias.
Y, curiosamente, el resultado no es únicamente triste.
Porque en el universo de Roy Andersson podemos estar solos, deprimidos y completamente confundidos sobre el sentido de nuestra existencia, pero siempre existe la posibilidad de que alguien aparezca al fondo del plano haciendo algo todavía más absurdo que nosotros.

