Weekend (Le week-end)
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Week-end (1967): análisis del apocalipsis burgués de Jean-Luc Godard
Hay películas sobre el fin del mundo que necesitan meteoritos, epidemias, invasiones extraterrestres o algún científico mirando una pantalla y anunciando que quedan cuarenta y ocho horas para que todo se vaya al demonio. Jean-Luc Godard necesitó algo mucho más francés: un matrimonio desagradable, una herencia y un atasco de tráfico.
Estrenada en 1967 y protagonizada por Mireille Darc y Jean Yanne, Week-end aparece al final de la etapa más célebre de Godard y justo antes de su giro hacia un cine abiertamente militante. No es casualidad que termine prácticamente anunciando el fin del cine. Godard llevaba años desmontando sus mecanismos, pero aquí parece decidir que ya no basta con desmontar el juguete: hay que arrojar las piezas por la ventana, prender fuego a la caja y discutir después sobre Marx mientras llegan los bomberos.
La historia, si queremos ser generosos y llamarla historia, sigue a Corinne y Roland Durand, un matrimonio burgués que viaja al campo con la intención de asegurarse una herencia. A partir de ahí, el desplazamiento se convierte en una peregrinación por una Francia que se descompone delante de sus ojos. Hay accidentes, cadáveres, discusiones absurdas, personajes históricos paseando por el paisaje, discursos políticos, violencia, guerrilleros, canibalismo y una cantidad bastante preocupante de personas convencidas de que su automóvil merece más consideración que cualquier ser humano.
Y en medio de todo aquello, Godard parece preguntarnos algo incómodo: ¿seguro que estamos viendo cómo se derrumba la civilización o simplemente estamos viendo cómo era realmente cuando se le quita el barniz?
🚗 El atasco de Week-end: cuando el tráfico se convierte en el fin de la civilización
Si Week-end tuviera que reducirse a una sola escena, sería inevitable escoger su famoso atasco. La cámara avanza lateralmente junto a una fila aparentemente interminable de automóviles detenidos en una carretera rural. Los conductores protestan, discuten, se aburren, tocan el claxon y contemplan pequeños episodios de caos mientras nosotros empezamos a preguntarnos cuánto puede durar aquello.
La respuesta de Godard es sencilla: más de lo que esperabas.
El plano se prolonga precisamente porque su función no consiste únicamente en contar que hay tráfico. Godard podría haberlo resuelto con tres planos y veinte segundos. Prefiere convertirlo en una experiencia física. La frustración de Roland y Corinne acaba trasladándose al espectador, que también quiere avanzar, saber qué ocurre al final de la fila, conseguir que la película vuelva a comportarse como una película razonable.
Pero no lo hace.
Durante ese travelling interminable aparecen coches destrozados, personas jugando, animales, discusiones y pequeños fragmentos de humanidad atrapados dentro de una gigantesca arteria bloqueada. Cuando finalmente descubrimos el accidente que ha provocado la retención, encontramos cadáveres tirados en la carretera. Después de tantos minutos de bocinas y nervios, el origen del atasco resulta ser la muerte.
Y casi nadie parece especialmente impresionado.
Ahí está una de las ideas centrales de Week-end. El automóvil funciona como una prolongación de la identidad burguesa, hasta el punto de que perder tiempo, sufrir un arañazo en la carrocería o quedar bloqueado en carretera parece más intolerable que encontrarse rodeado de muertos. La sociedad de consumo continúa tocando el claxon incluso cuando tiene cadáveres delante.
El BFI señala precisamente este travelling como el momento en que la película se transforma en una pesadilla cada vez más extraña y destructiva.
💰 Corinne y Roland: una pareja perfecta, siempre que el objetivo sea exterminar la simpatía
Corinne y Roland no están diseñados para que los queramos. Ni siquiera parece que Godard tenga demasiado interés en que los comprendamos psicológicamente. Son egoístas, codiciosos, violentos y perfectamente capaces de contemplar una tragedia humana mientras calculan cómo afecta aquello a sus planes.
Su viaje tiene como objetivo visitar a los padres de Corinne y conseguir una herencia. Entre ambos existen además fantasías y planes de asesinato. El matrimonio tradicional aparece así convertido en una pequeña empresa criminal donde el amor ha sido sustituido por intereses económicos y una notable predisposición a eliminar familiares.
Pero precisamente por eso funcionan.
Godard no construye dos monstruos excepcionales. Los utiliza como caricaturas de determinados valores sociales llevados hasta sus últimas consecuencias. Corinne y Roland quieren dinero, propiedades, comodidad y coches. Los demás seres humanos son obstáculos que deben apartarse de su camino.
Cuando la civilización empieza a desaparecer, ellos no experimentan una gran transformación moral porque tampoco había demasiado que transformar. Se adaptan estupendamente a la barbarie.
Eso hace que Week-end resulte más inquietante de lo que parece bajo toda su extravagancia. La película no sostiene que el colapso social vaya a convertir a buenas personas en salvajes. Sugiere algo bastante peor: quizá la violencia ya estaba incorporada al sistema y solo necesitaba quedarse sin normas de circulación.
🛍️ La crítica a la burguesía y al consumismo en Week-end
Godard no utiliza precisamente un bisturí para atacar a la burguesía. Utiliza algo más parecido a una excavadora.
En Week-end, las posesiones dominan las relaciones humanas. Coches, dinero y propiedades aparecen constantemente asociados al deseo, la violencia y el poder. Cuando ocurre un accidente, la reacción habitual no es preocuparse por los heridos, sino determinar quién tiene la culpa, quién ha destrozado qué y cuánto costará aquello.
El automóvil adquiere una importancia especial porque representa simultáneamente libertad y encierro. Permite desplazarse, pero todos están atrapados dentro de ellos. Es símbolo de prosperidad y al mismo tiempo responsable de accidentes, contaminación, agresividad y muerte. La promesa consumista de independencia termina fabricando un atasco monumental donde nadie puede moverse.
Godard lleva esta lógica hasta el absurdo porque quiere revelar algo que considera profundamente absurdo de partida. Si una sociedad organiza buena parte de su existencia alrededor del consumo, la propiedad y la competencia, quizá no haga falta inventar demasiado para convertirla en una película grotesca.
Por eso Week-end envejece de una forma curiosa. Algunos discursos pertenecen inequívocamente al clima político de finales de los sesenta, pero el atasco lleno de ciudadanos furiosos encerrados en máquinas caras resulta bastante menos arqueológico.
Cambian los modelos de coche. El claxon permanece.
🎬 Jean-Luc Godard destruye la narración desde dentro
Hasta aquí podría parecer que estamos simplemente ante una sátira social especialmente agresiva. Pero Godard también está atacando otra cosa: el propio cine narrativo.
Los personajes rompen las convenciones constantemente, aparecen carteles e intertítulos, la continuidad se fractura y algunas escenas se prolongan mucho más de lo que cualquier manual de guion consideraría prudente. Hay personajes que parecen conscientes de encontrarse dentro de una película y encuentros que abandonan cualquier pretensión de realismo.
La narración avanza, pero lo hace dando tumbos.
Cada vez que empezamos a acomodarnos dentro de una situación, Godard introduce algo que rompe la ilusión. No quiere que olvidemos que estamos viendo una construcción cinematográfica. La influencia brechtiana es evidente en ese rechazo de la identificación emocional convencional y en la manera de obligar al espectador a observar los mecanismos de la película en lugar de desaparecer cómodamente dentro de ellos.
Y esto puede ser fascinante o irritante dependiendo del día, de la paciencia y posiblemente de la cantidad de café disponible.
Godard no busca necesariamente que todas las escenas sean entretenidas en el sentido tradicional. Algunas están construidas para incomodar, otras para provocar y otras parecen diseñadas específicamente para detectar en qué minuto alguien gritará «Jean-Luc, ya lo hemos entendido».
Pero esa hostilidad hacia la comodidad forma parte de la película. Week-end no quiere transportar al espectador a otro mundo. Quiere impedirle instalarse tranquilamente incluso en este.
📚 Revolución, Mozart y Emily Brontë: nadie dijo que el apocalipsis tuviera que ser sencillo
A medida que Corinne y Roland avanzan por el campo, la realidad empieza a perder consistencia. Aparecen figuras literarias e históricas, discursos políticos sustituyen a los diálogos tradicionales y personajes que podrían pertenecer a siglos diferentes conviven dentro de un paisaje convertido en una especie de vertedero cultural.
Una de las apariciones más extrañas es la de Emily Brontë. También aparece Saint-Just, figura de la Revolución francesa, interpretado por Jean-Pierre Léaud. Godard introduce personajes históricos y literarios sin preocuparse demasiado por explicar por qué están allí.
Simplemente están.
El efecto tiene algo de cuento atravesado por una crisis nerviosa. De hecho, Criterion ha señalado la dimensión casi fabulística de la película y su enorme acumulación de referencias literarias, filosóficas y políticas.
Esto también refuerza la sensación de que la Francia de Week-end ya no vive dentro de un tiempo histórico normal. Pasado, presente, literatura, política y cultura popular han quedado triturados en el mismo espacio.
Godard utiliza ese collage para impedir una lectura sencilla. No estamos ante una alegoría perfectamente ordenada donde cada personaje representa exactamente una cosa. Estamos dentro de un gigantesco revoltijo cultural en el que Marx puede cruzarse con Lewis Carroll, Mozart aparece en mitad de una granja y la Revolución francesa parece haber perdido el autobús y estar haciendo autostop por el siglo XX.
🌍 Colonialismo, lucha de clases y una película que de pronto se convierte en discurso
Uno de los momentos más polémicos de Week-end llega cuando la acción prácticamente se detiene para introducir extensos discursos políticos sobre colonialismo, explotación y relaciones de clase.
Aquí desaparece cualquier intento de disimulo.
Godard no introduce las ideas dentro del argumento con delicadeza. Detiene el argumento y coloca las ideas delante de nosotros.
Puede resultar pesado, y probablemente está pensado para resultar pesado. Gary Indiana recuerda que ya algunos críticos de la época consideraban especialmente arduo el largo episodio de los trabajadores de la basura y su discurso sobre colonialismo y explotación.
Pero reducir Week-end a un panfleto marxista sería quedarse corto. La política está presente constantemente, aunque también existe una desconfianza hacia casi todo lo que aparece en pantalla. Godard ridiculiza a la burguesía, pero su supuesto mundo revolucionario tampoco se presenta precisamente como un paraíso organizado por personas equilibradas que han encontrado la solución definitiva a la existencia humana.
Cuando aparecen los guerrilleros revolucionarios hacia el final, la alternativa al mundo burgués es tribal, violenta y caníbal.
La revolución ha llegado.
Traigan servilletas.
🩸 Violencia, cadáveres y canibalismo: el mundo ya estaba podrido antes del último acto
La violencia de Week-end es constante, pero resulta deliberadamente falsa y teatral durante buena parte de la película. La sangre tiene un aspecto artificial, las peleas rozan lo grotesco y los cadáveres aparecen tratados casi como elementos de decoración.
Precisamente por eso existe una escena que rompe violentamente con ese artificio: la película muestra el sacrificio real de un cerdo. Para quien prefiera evitar imágenes reales de maltrato animal, conviene saberlo antes de verla. Criterion destaca precisamente el contraste entre esa muerte real y la violencia obviamente fingida del resto de la película.
En el último tramo aparece además el canibalismo. Pero Godard no lo utiliza simplemente para aumentar el impacto. Es la conclusión lógica de la película.
Durante todo el viaje hemos visto personas tratando a otras personas como objetos. Hemos contemplado muertos ignorados, accidentes convertidos en inconvenientes de tráfico y relaciones familiares condicionadas por el dinero. Cuando finalmente los seres humanos se convierten literalmente en comida, el salto conceptual no es tan grande como debería.
El canibalismo físico solo lleva hasta el extremo un mundo basado previamente en devorarse unos a otros de formas socialmente aceptables.
Y esa transición es probablemente una de las bromas más negras de Week-end.
🎨 El color y la puesta en escena: un apocalipsis sorprendentemente bonito
Visualmente, Week-end es muchísimo más atractiva de lo que su mundo moral merece.
La fotografía de Raoul Coutard utiliza colores intensos, especialmente rojos, azules y amarillos, que acercan algunas composiciones al pop art. Coches destrozados, manchas de sangre, ropa llamativa y paisajes verdes conviven en imágenes cuya belleza entra en conflicto con lo que estamos contemplando.
Godard siempre entendió perfectamente el poder seductor de una imagen, incluso cuando estaba intentando denunciar precisamente una sociedad dominada por imágenes y mercancías.
El resultado es una película llena de contradicciones deliberadas. Critica el espectáculo mientras produce espectáculo. Ataca el cine mientras utiliza algunas de las herramientas más puramente cinematográficas que existen. Se burla de nuestra necesidad de entretenimiento mientras organiza secuencias visualmente extraordinarias.
Quizá por eso sigue siendo mucho más interesante que un simple manifiesto político filmado.
Godard puede estar enfadado con el cine, pero todavía sabe utilizarlo demasiado bien.
🔥 “Fin du cinéma”: Godard prende fuego a su propia etapa cinematográfica
El final de Week-end contiene una de las declaraciones más famosas de Godard: “Fin de cinéma”.
No era solo una provocación.
La película apareció después de 2 ou 3 choses que je sais d’elle y La Chinoise, también de 1967, en un momento en que Godard avanzaba rápidamente hacia posiciones políticas más radicales. Después llegaría su etapa vinculada al Grupo Dziga Vertov y un alejamiento todavía mayor del cine narrativo convencional. El BFI considera Week-end precisamente el cierre de aquella primera gran etapa de su carrera.
Vista desde esa perspectiva, toda la película parece una ceremonia de demolición.
Godard destruye a sus protagonistas, destruye la lógica narrativa, destruye la civilización burguesa, destruye la carretera, destruye los coches y finalmente declara destruido el propio cine.
Es difícil acusarlo de abandonar un trabajo a medias.
Lo curioso es que el cine sobrevivió perfectamente. Godard también. Siguió rodando durante décadas.
Pero la frase funciona porque Week-end sí representa el final de cierta forma de entender su obra. El Godard que había revolucionado la Nouvelle Vague parecía considerar que incluso aquella revolución se había convertido ya en una institución que necesitaba ser dinamitada.
🤯 ¿Es Week-end una obra maestra o una provocación insoportable?
Probablemente ambas cosas.
Week-end puede ser divertidísima, agotadora, fascinante, pretenciosa, brillante y desesperante dentro de una misma secuencia. Hay momentos de una inventiva cinematográfica extraordinaria y otros en los que uno sospecha que Godard está comprobando personalmente cuánto discurso político puede soportar una persona antes de intentar escapar por una ventana.
Pero sería injusto exigirle comodidad a una película construida precisamente contra ella.
No estamos ante el Godard relativamente accesible de À bout de souffle ni ante la melancolía elegante de Le Mépris. Week-end pertenece a un punto mucho más agresivo de su trayectoria. La película quiere discutir con el espectador y, si es necesario, también insultarlo un poco.
Lo extraordinario es que detrás de toda esa provocación existe una arquitectura bastante coherente. El atasco, la obsesión por los coches, la herencia, los accidentes, los discursos sobre colonialismo, la aparición de revolucionarios y el canibalismo final forman parte de una misma progresión.
Primero vemos una sociedad civilizada comportándose como salvajes.
Después desaparece la sociedad civilizada.
Los salvajes permanecen.
🎞️ Conclusión: Week-end y el placer de ver cómo todo se va al infierno
Week-end no es una película amable ni pretende serlo. Jean-Luc Godard convierte una escapada de fin de semana en un descenso hacia un paisaje donde el capitalismo, la cultura, la política, la violencia y el propio lenguaje cinematográfico empiezan a descomponerse simultáneamente.
Su gran virtud está en que ese caos no resulta completamente arbitrario. Debajo de los cadáveres, los coches volcados, los personajes literarios y los revolucionarios caníbales existe una idea bastante sencilla: la barbarie no llega desde fuera para destruir la civilización, sino que puede estar escondida dentro de ella.
Corinne y Roland comienzan la película siendo burgueses respetables que desean conseguir una herencia y terminan integrados en un mundo donde prácticamente cualquier norma social ha desaparecido. Sin embargo, nunca parece que hayan recorrido tanta distancia. Su egoísmo, su codicia y su indiferencia hacia los demás ya contenían las semillas del paisaje final.
Ese es el pequeño milagro venenoso de Week-end. Cuanto más absurda se vuelve, más reconocible resulta.
Y quizás por eso el interminable atasco continúa siendo su imagen definitiva. Centenares de personas encerradas en automóviles, enfadadas porque no pueden avanzar, mientras alrededor empiezan a acumularse los restos de una sociedad que tampoco parecía saber exactamente hacia dónde iba.
Godard mira todo aquello, enciende un cigarrillo imaginario y escribe: fin del cine.
El resto seguimos tocando el claxon.
