Backrooms (2026)

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Póster de Backrooms

Backrooms

★★★☆☆ 6.3 / 10
🟠 Rareza 3/4
🟠 Mal rollo 3/5
🎬 Año 2026
⏱ Duración 2h 6 min
🌍 País Estados Unidos
🎥 Director Kane Parsons
📖 Historia Kane Parsons
🎭 Género Suspense, Terror, Fantástico
💰 Presupuesto 10.000.000 US$
💵 Taquilla 400.685.080 US$

🎬

¿Dónde verla?

Disponibilidad en streaming, alquiler y compra

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Source: JustWatch

Backrooms (2026): perderse nunca había resultado tan inquietantemente familiar

Hay lugares que producen inquietud sin que sepamos explicar muy bien por qué. Un pasillo de hotel vacío, una oficina después de que todo el mundo se haya marchado, un centro comercial con las luces encendidas pero sin una sola persona alrededor. No ocurre nada amenazante y, sin embargo, algo parece estar fuera de sitio. Backrooms (2026) construye prácticamente toda su película alrededor de esa sensación y demuestra que, a veces, el terror no necesita esconder un monstruo detrás de cada puerta. Puede bastar con que haya demasiadas puertas.

Dirigida por Kane Parsons, la película adapta al largometraje el universo que el propio director popularizó en YouTube a partir de 2022. Aquellos vídeos transformaban habitaciones amarillentas, fluorescentes y pasillos aparentemente infinitos en un territorio de pesadilla, partiendo a su vez del fenómeno de internet surgido alrededor de los llamados Backrooms. La idea podía parecer difícil de sostener durante casi dos horas, pero Parsons entiende pronto que limitarse a pasear una cámara por corredores amarillos habría resultado fascinante durante veinte minutos y considerablemente menos fascinante después de hora y media.

Por eso la película utiliza ese espacio como algo más que un escenario. Los Backrooms se convierten en una especie de reflejo defectuoso de la realidad, un lugar capaz de reproducir habitaciones, objetos e incluso personas sin comprender completamente aquello que está copiando. Esa pequeña desviación entre lo conocido y lo incorrecto constituye el verdadero corazón de la película. No estamos ante un mundo completamente extraño, sino ante uno que se parece demasiado al nuestro.

Aviso: a partir de aquí hay spoilers importantes de Backrooms, incluido su desenlace.


🟨 Backrooms (2026): entrar es fácil, encontrar la salida ya es otro asunto

La historia comienza alrededor de Clark, interpretado por Chiwetel Ejiofor, propietario de una tienda de muebles cuya vida profesional ha quedado bastante lejos de sus antiguas aspiraciones. En el sótano del negocio aparece una entrada imposible que conduce hacia un conjunto de habitaciones y pasillos que aparentemente no deberían existir. Clark empieza a explorar aquel espacio y pronto queda fascinado por sus dimensiones y por la imposibilidad de comprender su arquitectura.

En principio, los Backrooms parecen una enorme sucesión de habitaciones abandonadas. Los colores se repiten, los techos bajos parecen no terminar nunca y la iluminación fluorescente produce una sensación de monotonía casi hipnótica. Pero las reglas normales del espacio dejan de funcionar enseguida. Una habitación puede conducir a otra que contradice físicamente la anterior, las distancias pierden sentido y determinados objetos parecen haber sido construidos a partir de recuerdos incompletos.

La terapeuta Mary, interpretada por Renate Reinsve, acaba entrando en ese mundo después de la desaparición de Clark. Su búsqueda proporciona a la película una estructura narrativa más tradicional, pero también permite que los Backrooms empiecen a mostrar su verdadera naturaleza. Lo que al principio parecía simplemente un laberinto gigantesco comienza a comportarse como algo capaz de observar, aprender y reconstruir aquello que encuentra.

La película mantiene durante buena parte de su metraje una pregunta muy sencilla: ¿qué es exactamente este lugar? No hay una respuesta única ni demasiado cómoda. Cada descubrimiento parece abrir una puerta nueva, y en los Backrooms ya sabemos que abrir puertas nunca es una actividad especialmente recomendable.


🏢 El terror de los espacios liminales y las habitaciones donde nunca pasa nada

La mayor virtud de Backrooms está probablemente en su diseño visual. El espacio recuerda oficinas, almacenes, hoteles y centros comerciales, pero ninguno de esos lugares termina de existir realmente. Todo parece construido a partir de fragmentos de sitios que hemos visto alguna vez y que nuestra memoria ha reorganizado de manera ligeramente incorrecta, como sucede en ciertos sueños.

Ese detalle es fundamental porque convierte algo cotidiano en una fuente de incomodidad. Un castillo oscuro ya viene con instrucciones incorporadas: sabemos que ahí probablemente vive alguien que colecciona cadáveres o, como mínimo, tiene problemas serios con la decoración. Una sala beige con moqueta y fluorescentes no debería producir miedo. Precisamente por eso resulta mucho más desconcertante cuando empieza a hacerlo.

La película juega constantemente con las proporciones. Hay habitaciones demasiado grandes para cumplir ninguna función, esquinas que parecen colocadas arbitrariamente y corredores que desembocan en otros corredores sin que exista una lógica arquitectónica reconocible. El resultado se acerca mucho a la experiencia de intentar reconstruir mentalmente un lugar que visitamos hace años: sabemos aproximadamente cómo era, pero cuando intentamos colocar cada puerta en su sitio empiezan los problemas.

Parsons entiende además que estos espacios funcionan mejor cuando permanecen vacíos. No necesita introducir una amenaza visible continuamente porque la posibilidad de que aparezca algo es mucho más eficaz. Durante algunos momentos, el personaje simplemente avanza mientras la cámara permanece pendiente de una esquina situada al fondo. No ocurre nada y precisamente ahí está la gracia: después de varios minutos, uno ya está examinando hasta una papelera por si decide desarrollar intenciones homicidas.


🧠 Clark y la extraña comodidad de desaparecer

Clark proporciona a los Backrooms una dimensión que va más allá de la simple supervivencia. Antes de descubrirlos, es un hombre frustrado con el rumbo que ha tomado su vida. Había imaginado una existencia diferente y termina atrapado en una rutina que difícilmente puede competir con sus antiguas expectativas. Entonces encuentra literalmente otro mundo escondido bajo sus pies.

Esa situación explica su fascinación mucho mejor que cualquier obsesión científica. Los Backrooms son peligrosos, pero también devuelven a Clark algo que había perdido: la sensación de estar ante algo extraordinario. Allí vuelve a ser explorador, investigador e incluso arquitecto en cierto sentido, porque tiene delante un espacio que rompe todas las reglas que conoce.

Con el tiempo, esa fascinación se transforma en dependencia. Clark deja de considerar el lugar únicamente como una amenaza y empieza a aceptarlo como alternativa a su propia realidad. No necesita que nadie nos explique demasiado lo que está ocurriendo: basta observar la comodidad cada vez más inquietante con la que se mueve por ese entorno que debería estar intentando abandonar.

Hay algo bastante triste en esa decisión. Clark encuentra un universo imposible y, en vez de intentar escapar desesperadamente, acaba sintiéndose más cómodo allí que fuera. El horror no consiste únicamente en quedar atrapado, sino en descubrir que una parte de ti ya no tiene demasiadas ganas de regresar.


🪞 Los Still Life: cuando los Backrooms intentan aprender qué es una persona

Uno de los conceptos más inquietantes de la película aparece cuando descubrimos que los Backrooms no solo reproducen espacios y objetos. También pueden imitar seres humanos mediante unas figuras conocidas como Still Life, copias que poseen los elementos básicos de una persona pero en las que siempre hay algo ligeramente incorrecto.

Clark utiliza una comparación especialmente sencilla para describir el fenómeno. Sería parecido a explicarle a alguien cómo es un perro sin permitirle ver ninguno y después pedirle que dibujara uno. Probablemente aparecerían cuatro patas, una cabeza y una cola, pero ciertos detalles no encajarían. Los Backrooms parecen actuar de una forma parecida con nuestra realidad.

Esta idea encaja perfectamente con la estética general de la película. Las habitaciones tampoco son reproducciones exactas del mundo exterior, sino interpretaciones. Hay mesas, puertas, lámparas y muebles, pero sus relaciones espaciales resultan extrañas. Parece que alguna inteligencia estuviera intentando comprender cómo vivimos basándose únicamente en información incompleta.

Los Still Life trasladan esa misma lógica al terreno humano. Y ahí la sensación se vuelve mucho más incómoda, porque nuestro cerebro está especialmente entrenado para detectar cuándo un rostro, un movimiento o una expresión no funcionan como deberían. Basta una desviación mínima para que una persona deje de parecernos normal y empiece a producir rechazo. Los Backrooms han aprendido bastante sobre nosotros, pero todavía no lo suficiente como para pasar desapercibidos.


🧩 Memoria y trauma: un laberinto construido con cosas que conocemos

A medida que Mary avanza, queda claro que este universo no almacena únicamente información física. También parece apropiarse de recuerdos y asociaciones emocionales. Determinados objetos y lugares tienen importancia porque están vinculados al pasado de los personajes, lo que convierte el laberinto en algo mucho más personal.

Aquí aparece una de las ideas más sugerentes de la película: la posibilidad de que un recuerdo funcione como un espacio. Todos conservamos versiones mentales de casas, habitaciones o calles que probablemente ya no existen exactamente como las recordamos. Algunos detalles permanecen nítidos mientras otros han sido rellenados inconscientemente con información inventada.

Los Backrooms parecen materializar justamente ese proceso. Reconstruyen nuestra realidad utilizando fragmentos, pero los huecos quedan completados de una manera incorrecta. Una habitación puede parecer familiar hasta que observamos detenidamente su distribución y descubrimos que sería imposible que existiera de esa forma.

Lo inquietante no es únicamente que el lugar copie recuerdos, sino que parezca incapaz de distinguir entre memoria y realidad. Para los Backrooms, ambas cosas parecen formar parte de la misma materia prima. Una infancia recordada a medias puede terminar teniendo tanta consistencia como una pared.


👤 El doble de Clark y el momento en que la copia empieza a reclamar el original

La situación de Clark termina adquiriendo un tono todavía más extraño cuando los Backrooms empiezan a apropiarse de diferentes aspectos de su identidad. El lugar no distingue necesariamente entre quién es realmente Clark y las imágenes que existen de él, de modo que recuerdos, representaciones y versiones públicas empiezan a mezclarse.

El resultado culmina en una versión grotesca del propio personaje, construida a partir de una imagen de Clark que había sido utilizada anteriormente. Lo que podría haberse convertido fácilmente en un monstruo bastante ridículo funciona porque responde a las reglas establecidas durante toda la película. El laberinto ha observado al hombre y ha fabricado su propia interpretación.

La criatura termina enfrentándose al original, convirtiendo el conflicto en algo más significativo que una simple persecución. Clark había decidido refugiarse entre reproducciones imperfectas de su realidad y finalmente una de esas reproducciones termina desplazándolo. El hombre que encontraba consuelo en las copias acaba descubriendo que para el lugar él tampoco es necesariamente imprescindible.

Es uno de esos momentos en los que Backrooms se acerca peligrosamente al disparate y, contra todo pronóstico, consigue mantener el equilibrio. Sobre el papel, explicar determinadas imágenes de la última media hora puede hacer que la película parezca haber ingerido accidentalmente una enciclopedia surrealista. En pantalla existe suficiente coherencia estética para que todo siga perteneciendo al mismo universo.


🚪 El final de Backrooms explicado: Mary consigue salir, pero el problema no termina allí

Mary consigue finalmente abandonar los Backrooms y acaba en contacto con Async, la organización que investiga la anomalía. Su aparición podría parecer inicialmente un alivio: después de tanto corredor imposible, por fin encontramos personas que saben que aquello existe y que, en teoría, llevan tiempo estudiándolo. El problema es que la presencia de Async no tranquiliza demasiado. Casi produce el efecto contrario.

La organización introduce una nueva clase de inquietud porque transforma el fenómeno en algo conocido y, hasta cierto punto, administrado. Los Backrooms ya no son simplemente una anomalía descubierta por accidente. Hay gente que los observa, los documenta y probablemente lleva mucho tiempo intentando comprenderlos. Eso significa que el peligro no acaba cuando Mary atraviesa la salida. Solo cambia de habitación.

La conversación posterior resulta especialmente incómoda porque Async posee información que Mary no tiene, pero tampoco parece capaz de garantizar nada. El conocimiento de la organización no equivale a control, y esa diferencia importa mucho. Estudiar un agujero abierto en la realidad durante años no significa necesariamente saber qué ocurrirá mañana; a veces solo significa haber acumulado una montaña de informes sobre todas las maneras en las que puede salir mal.

Además, la existencia de Async introduce una pregunta que la película deja flotando deliberadamente: ¿hasta qué punto han contribuido ellos mismos a ampliar el problema? Investigar los Backrooms implica entrar, observarlos y proporcionarles nuevas referencias del mundo exterior. Si el lugar aprende de aquello con lo que entra en contacto, cada expedición científica podría ser también una forma involuntaria de alimentarlo.

Y entonces llega la última imagen. Después de que Mary haya escapado, descubrimos dentro de los Backrooms una reproducción relacionada con ella. La interpretación más evidente es que el lugar ya ha recopilado suficiente información como para empezar a reconstruirla del mismo modo que hizo anteriormente con otros elementos de la realidad.

Eso cambia por completo la naturaleza de su victoria. Mary ha conseguido salir físicamente, pero los Backrooms conservan algo suyo. La han observado, han absorbido sus recuerdos y ahora pueden generar una versión propia. Quizá la verdadera amenaza nunca consistió únicamente en entrar y quedar atrapado, sino en permitir que el lugar aprendiera quién eres.


🎬 Kane Parsons: convertir un fenómeno de YouTube en una película sin perder su identidad

La historia detrás de Backrooms es casi tan llamativa como la propia película. Kane Parsons publicó su primer vídeo relacionado con este universo en YouTube cuando tenía solo 16 años. Su cortometraje se convirtió rápidamente en un fenómeno y dio lugar a una serie mucho más extensa, hasta que A24 decidió desarrollar una adaptación cinematográfica.

El salto podía haber salido bastante mal. El lenguaje de un vídeo corto de internet y el de un largometraje son muy diferentes. Parsons necesitaba construir personajes, introducir una progresión dramática y transformar una experiencia basada sobre todo en atmósfera en una historia capaz de sostener casi dos horas.

La película sale bastante bien parada de ese cambio. Conserva la estética original, pero amplía el universo mediante Clark, Mary y Async sin convertir todo el metraje en una colección de guiños para quienes ya conocían los vídeos. Eso permite que funcione tanto como adaptación como película independiente.

Donde se nota más la inexperiencia de Parsons es en algunos diálogos y en ciertos momentos de desarrollo emocional. El diseño visual y la construcción atmosférica poseen mucha más personalidad que algunas escenas destinadas a profundizar en los personajes. Aun así, tratándose de su primer largometraje, resulta difícil no reconocer una mirada cinematográfica extraordinariamente definida.


🔊 El sonido de Backrooms: cuando un fluorescente puede resultar más amenazante que un monstruo

Buena parte del terror perdería fuerza sin el trabajo sonoro. El zumbido eléctrico de las luces acompaña constantemente a los personajes y convierte el silencio en algo extraño. Incluso cuando aparentemente no sucede nada, nunca tenemos la impresión de encontrarnos en un espacio completamente quieto.

Ese ruido continuo hace que el lugar parezca funcionar por sí mismo. No sabemos qué alimenta las luces, quién construyó las habitaciones ni por qué determinados mecanismos continúan activos, pero todo parece estar esperando algo. La ausencia de respuestas convierte elementos absolutamente triviales en signos de una actividad invisible.

También resulta importante que la película no abuse de los sobresaltos. Hay momentos más convencionales, pero Parsons suele preferir la anticipación. Un corredor largo donde no vemos nada puede producir bastante más inquietud que una criatura saltando delante de la cámara acompañada por una explosión de violines.

Esa contención permite que el espacio conserve su protagonismo. Backrooms sabe que su mejor monstruo son los propios Backrooms, una arquitectura capaz de hacernos sentir atrapados incluso mientras estamos cómodamente sentados viendo la película.


🌐 Del creepypasta al cine: un mito de internet que encuentra su propia forma

Los Backrooms pertenecen a una clase de terror especialmente vinculada a internet. El concepto original fue creciendo de manera colectiva, acumulando niveles, criaturas y teorías hasta desarrollar una mitología enorme y a veces contradictoria. Parsons creó su propia versión y la película continúa principalmente esa línea en lugar de intentar reunir todo lo que internet ha inventado alrededor del fenómeno.

Es una decisión acertada porque mantiene la historia relativamente accesible. No hace falta estudiar previamente cincuenta páginas de una wiki para entender lo que ocurre. El espectador descubre el lugar aproximadamente al mismo tiempo que los protagonistas y puede construir sus propias teorías.

También evita uno de los peligros habituales cuando un fenómeno nacido en internet llega al cine: intentar convertirlo en un catálogo de referencias. Backrooms no necesita mostrarnos cada criatura, cada nivel ni cada elemento reconocido por la comunidad. Su identidad está en la sensación de estar viendo algo familiar deformado hasta adquirir una lógica propia.

Eso le permite funcionar incluso para quien jamás haya escuchado hablar de los Backrooms antes de sentarse frente a la pantalla. El mito de internet está ahí, pero la película no depende completamente de él. Y esa autonomía probablemente sea una de las razones por las que el salto al largometraje resulta bastante más sólido de lo que cabía esperar.


🎭 Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve sostienen el lado humano del laberinto

Chiwetel Ejiofor tiene uno de los trabajos más complicados porque Clark podría haberse convertido fácilmente en el típico personaje obsesionado que toma decisiones absurdas únicamente para que la película continúe. El actor consigue que su progresiva fascinación por los Backrooms tenga una lógica emocional y evita presentarlo simplemente como alguien que ha perdido la cabeza.

Renate Reinsve ofrece una interpretación más contenida como Mary. Su personaje funciona como punto de entrada para el espectador durante gran parte del segundo tramo y aporta una reacción más reconocible ante lo imposible. Mientras Clark encuentra cierto atractivo en aquel universo, Mary comprende principalmente el peligro que representa.

La relación entre ambos permite también que la película confronte dos maneras de enfrentarse al trauma y al fracaso. Uno encuentra dentro del laberinto una forma de escapar de su vida mientras la otra intenta atravesarlo para recuperar aquello que todavía pertenece al mundo exterior.

No todas sus conversaciones tienen la misma fuerza, pero ambos intérpretes consiguen mantener una dimensión humana dentro de una película dominada por espacios deliberadamente impersonales. Eso evita que Backrooms se convierta únicamente en una demostración visual de pasillos imposibles.


🌀 Backrooms (2026): una pesadilla imperfecta, pero difícil de olvidar

Backrooms no es una película perfecta. Su narrativa resulta menos sólida que su puesta en escena, algunos personajes podrían estar mejor desarrollados y determinados pasajes del tramo central pierden algo de fuerza frente a la extraordinaria personalidad visual del conjunto. Pero esas irregularidades no impiden que la película posea una identidad muy difícil de confundir con cualquier otra producción reciente de terror.

Cuando Parsons trabaja con arquitectura, sonido y espacio, aparecen sus mejores momentos. Hay imágenes que permanecen en la cabeza precisamente porque no contienen nada espectacular: una habitación vacía, una puerta situada donde no debería existir o una figura demasiado lejos para saber exactamente qué estamos mirando.

Su gran hallazgo sigue siendo convertir lo cotidiano en algo incorrecto. Los Backrooms no pertenecen por completo a otro mundo; parecen construidos con restos del nuestro. Reconocemos las paredes, las lámparas, las oficinas y los muebles, pero alguien los ha colocado siguiendo unas reglas que no conocemos.

Y quizá ahí está lo más inquietante de todo. Un monstruo puede perseguirnos, pero al menos sabemos que debemos correr. Frente a un pasillo amarillo interminable, en cambio, no existe una amenaza concreta contra la que luchar. Solo podemos seguir caminando, doblar otra esquina y confiar en que esta vez aparezca una salida.

El problema es que después de un rato todas las esquinas empiezan a parecer la misma.

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