El Topo
¿Dónde verla?
Disponibilidad en streaming, alquiler y compra
Un western psicodélico, sangriento y más raro que un cactus con WiFi
Si alguien te dice que ha entendido El Topo de Alejandro Jodorowsky a la primera, felicítalo: acaba de ganarse un doctorado honoris en “Interpretación de fumadas místicas con sombrero mexicano”. Porque El Topo no es solo una película, es un viaje chamánico en celuloide, un western metafísico donde cada bala trae consigo una parábola sobre la existencia, la religión y la capacidad infinita del ser humano para flipar.
Un western… pero pasado de peyote
En teoría, El Topo es un western. Tiene pistolas, tiene desierto, tiene caballos y tiene tipos vestidos de negro con aire de forajidos. Pero si crees que te vas a encontrar con Clint Eastwood, te equivocas. Aquí lo que aparece es Alejandro Jodorowsky disfrazado de pistolero mesiánico que parece salido de una mezcla entre Jesucristo, Pancho Villa y un predicador de secta de garaje.
El desierto no es solo polvo y sol abrasador, es un escenario místico donde todo simboliza algo: desde las arenas que queman hasta los conejitos que aparecen muertos porque, oye, nada dice “arte” como un conejo tieso en plano medio.
El Topo: el pistolero budista con complejo de salvador
El protagonista, apodado El Topo, es básicamente Jodorowsky interpretando al héroe absoluto y al mismo tiempo al peor guía espiritual de la historia. Va armado hasta los dientes, pero también con una mochila cargada de enseñanzas esotéricas, frases filosóficas y una tendencia preocupante a creerse la reencarnación del Dalai Lama con espuelas.
Se enfrenta a cuatro maestros pistoleros, cada uno más excéntrico que el anterior. Y claro, la trama no consiste en tiroteos espectaculares estilo Hollywood, sino en duelos donde la pistola es casi secundaria: aquí lo importante es quién tiene la metáfora más potente, quién alcanza el nirvana más rápido y quién logra que el espectador diga “¿pero qué carajos estoy viendo?”.
Religión, violencia y mucho, pero mucho, simbolismo barato (o caro, depende del LSD)
Uno de los ingredientes más locos de El Topo es su obsesión con la religión. Hay cristianismo, budismo, cabalá, referencias bíblicas y hasta guiños que parecen sacados de una guía de tarot para principiantes. Jodorowsky no deja pasar ninguna religión sin meterle mano, como un niño en un buffet libre espiritual.
El resultado es una película donde Jesucristo podría perfectamente aparecer en burro mientras Buda reparte estampitas, y no desentonaría. Eso sí, todo bañado en sangre, mutilaciones y un erotismo raruno que haría sonrojar a tu tía la beata.
La primera parte: tiros y filosofía a quemarropa
La primera mitad de El Topo parece un western zen. Nuestro pistolero se dedica a derrotar a los maestros, que representan distintas formas de sabiduría. Pero no los vence porque dispare mejor, sino porque los engaña, los supera con trampas o directamente porque la iluminación espiritual se la pasa por el forro del sombrero.
El mensaje: la pureza espiritual es preciosa, sí… hasta que alguien con menos escrúpulos y más balas decide que tus valores zen no sirven contra un revolver bien cargado.
La segunda parte: del desierto a la cloaca espiritual
Y cuando ya piensas que todo era un duelo de pistoleros filosóficos, ¡zas! Jodorowsky cambia de canal. El Topo renace, pero ahora como un vagabundo-mesías que se dedica a rescatar a una comunidad de deformes y marginados atrapados en cuevas. Sí, has leído bien: deformes, cuevas, liberación.
De pronto la película se convierte en un relato mesiánico donde el protagonista se pone en modo constructor social, como un Bob el Constructor místico pero con barba sudada. Lo que antes eran duelos a muerte, ahora son planes de urbanismo para sacar a los marginados del hoyo.
El giro es tan bestia que muchos espectadores abandonan aquí. Pero quienes se quedan, descubren que El Topo no es un western: es una parábola sobre la redención, la explotación y cómo Jodorowsky hace lo que le da la gana porque es su película.
Violencia, sexo y conejos muertos: el pack completo
Si buscas sangre, El Topo te da un buffet. Mutilaciones, tiroteos, violencia gratuita que se siente tan surrealista que más que asustar, desconcierta. Es como si Tarantino y Buñuel se hubieran ido de fiesta a Tijuana y hubieran grabado la resaca en Super 16.
Y luego está el sexo. No un sexo bonito, romántico o comercial, sino sexo crudo, extraño, a veces incómodo. Porque nada dice “vanguardista” como ver a un pistolero místico meterse en situaciones carnales mientras te lanza frases existenciales.
¿Qué quiso decir Jodorowsky con todo esto?
Gran pregunta. Y la respuesta más sincera es: lo que quieras. El Topo es la biblia del “haz tu propia interpretación”. Si crees que es una crítica al capitalismo, lo es. Si piensas que es una sátira religiosa, también lo es. Si la ves como un western sobre el ego y la caída del héroe, bingo. Y si simplemente piensas que es un delirio lisérgico de dos horas hecho por un tipo con demasiado tiempo libre… también tienes razón.
La gracia de El Topo está en que es cine de culto no porque todos lo entiendan, sino porque todos lo discuten.
La leyenda de la midnight movie
Parte de la fama de El Topo viene de su éxito en las proyecciones de medianoche en Nueva York en los años 70. Ahí, rodeados de marihuana y ojos rojos, los espectadores lo convirtieron en fenómeno. John Lennon se enamoró de la película, y ya sabemos que si un Beatle dice “esto mola”, medio mundo se sube al carro.
Fue así como Jodorowsky se ganó el título de gurú psicodélico del cine, dejando claro que sus películas no estaban hechas para las masas, sino para los insomnes con ganas de tripear.
¿Por qué ver El Topo hoy?
Porque es cine que no se parece a nada. Ni a Hollywood, ni al spaghetti western, ni al cine de autor europeo. Es Jodorowsky en estado puro: desquiciado, pretencioso, pero también visionario. Te hará reír, incomodar, reflexionar y, probablemente, soltar un “esto es una obra maestra o una cagada monumental, no sé qué pensar”.
Y esa es la magia. El Topo no es una película que se ve, es una experiencia. Una montaña rusa espiritual con más sangre que un matadero y más simbolismo que un curso de filosofía barata.
Conclusión: El Topo, el western que se fumó a sí mismo
El Topo de Alejandro Jodorowsky es una obra maestra del cine de culto, un western psicodélico lleno de violencia, sexo, religión y metáforas que se prestan a 200 tesis doctorales y a 300 discusiones en bares hipsters.
Es un viaje extraño, incómodo y fascinante. No te dejará indiferente: o la amas, o la odias, o te quedas pensando si deberías haberte puesto a ver un capítulo de El Chavo del 8 en vez de esto.
Pero una cosa es segura: pocas películas han logrado que tanta gente se pregunte “¿qué demonios acabo de ver?” y sigan hablando de ello 50 años después.
Eso, amigos míos, es cine de culto.
