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Análisis de Las margaritas (1966): feminismo, caos y una guerra de comida contra el mundo
Hay películas que cuentan una historia y películas que entran en la habitación, vuelcan los muebles, se comen lo que había en la nevera y desaparecen por la ventana. Las margaritas pertenece, con orgullo y probablemente con migas en el vestido, al segundo grupo.
Dirigida por Věra Chytilová y estrenada en 1966, esta obra fundamental de la Nueva Ola Checoslovaca sigue a dos jóvenes llamadas Marie, interpretadas por Jitka Cerhová e Ivana Karbanová. Ambas deciden que, puesto que el mundo está corrompido, ellas también se comportarán como criaturas corrompidas. El resultado es una película de apenas 76 minutos que parece haber sido montada por unas tijeras hiperactivas después de desayunar confeti.
Sin embargo, bajo sus risas, sus colores imposibles y sus banquetes destrozados, Las margaritas es una película profundamente seria. Habla sobre el poder, el consumo, la feminidad, la obediencia y la dificultad de existir dentro de una sociedad que pretende decidir cómo debe comportarse cada cuerpo. Lo hace sin dar discursos solemnes. Prefiere lanzar una tarta contra la pared y observar qué ocurre.
🌼 ¿De qué trata Las margaritas de 1966?
Explicar el argumento de Las margaritas no es sencillo, principalmente porque la película observa la narrativa tradicional con la misma simpatía que sus protagonistas sienten por las normas de etiqueta. Existe una premisa, pero no una trama convencional con objetivos claros, obstáculos crecientes y una música emotiva que avisa cuándo debemos aprender una lección.
Marie I y Marie II son dos jóvenes que pasan el tiempo comiendo, jugando, engañando a hombres mayores, provocando pequeños desastres y preguntándose si alguien se fija realmente en ellas. Su comportamiento parece infantil, caprichoso y deliberadamente artificial. Se mueven como muñecas mecánicas, hablan con voces afectadas y transforman cualquier situación cotidiana en una representación absurda.
Las dos Maries no intentan integrarse en el mundo. Tampoco ofrecen una alternativa política perfectamente articulada. Su método de protesta consiste en contaminar aquello que tocan. Una cena romántica se convierte en una operación de saqueo. Una conversación telefónica acaba reducida a sonidos sin sentido. Un baile elegante termina invadido por dos cuerpos que se niegan a comportarse correctamente.
La película avanza mediante episodios, interrupciones, repeticiones y asociaciones visuales. Más que narrar una evolución, construye un estado mental. Verla es entrar en una especie de parque de atracciones ideológico donde las barandillas han sido retiradas por motivos artísticos.
🧨 Dos Maries contra un mundo estropeado
La frase que pone en marcha la película es sencilla: si todo está corrompido, ellas también lo estarán. Este razonamiento tiene la lógica impecable de una niña enfadada y la potencia filosófica de una bomba colocada bajo la mesa del salón.
Las protagonistas actúan como reflejos deformados de la sociedad que las rodea. Si el mundo es egoísta, ellas serán más egoístas. Si los hombres las consideran objetos decorativos, ellas exagerarán esa apariencia hasta convertirse en muñecas imposibles de controlar. Si el consumo promete felicidad, comerán hasta que la comida pierda todo valor y termine aplastada bajo sus zapatos.
Esta estrategia resulta importante porque las Maries no se presentan como heroínas ejemplares. Son crueles, irresponsables y, en algunos momentos, francamente agotadoras. Una tarde con ellas podría acabar con tres restaurantes vetándote la entrada y un señor llorando en una estación de tren.
Chytilová evita convertirlas en símbolos puros de liberación. Su rebeldía es estimulante, pero también destructiva. Ellas denuncian un mundo absurdo reproduciendo su absurdo a mayor volumen. Son víctimas de las estructuras sociales y, al mismo tiempo, pequeñas agentes del caos. Esa contradicción impide que la película se transforme en una fábula cómoda.
👗 Feminismo en Las margaritas: romper el papel de mujer perfecta
Una de las interpretaciones más extendidas de Las margaritas se relaciona con su crítica a los modelos tradicionales de feminidad. Las protagonistas parecen representar todos los rasgos que una sociedad patriarcal podría considerar irritantes en una mujer: hablan demasiado, comen con entusiasmo, ocupan espacio, se ríen de los hombres y no muestran ningún interés en resultar moralmente edificantes.
Su aspecto funciona como una trampa. Llevan vestidos llamativos, coronas de flores, peinados juveniles y gestos aparentemente ingenuos. Los hombres mayores con los que salen creen reconocer el papel que ellas interpretan: la muchacha joven, dócil y disponible que puede ser conquistada mediante una cena cara y un poco de palabrería. Pero las Maries conocen el guion y deciden utilizarlo en beneficio propio.
Comen todo lo posible, aburren a sus acompañantes y los abandonan en el tren. La seducción se convierte en una transacción grotesca donde el supuesto conquistador descubre que quizá era él quien estaba siendo consumido.
La película subvierte así la mirada masculina. Las jóvenes son observadas, pero nunca quedan completamente definidas por esa observación. Interpretan personajes, cambian de actitud y utilizan su aparente frivolidad como una herramienta. Criterion destaca precisamente cómo imitan una feminidad complaciente para volverla contra los hombres que intentan aprovecharse de ellas.
Lo más interesante es que Chytilová tampoco idealiza automáticamente a las mujeres por el simple hecho de ser mujeres. Su feminismo no parece interesado en repartir certificados de bondad. Las Maries pueden ser libres y mezquinas, vulnerables y abusivas, divertidas e insoportables. Se les concede algo que el cine ha negado con frecuencia a sus personajes femeninos: el derecho a ser contradictorias.
🎨 Una estética de collage, colores y tijeras nerviosas
Visualmente, Las margaritas parece un álbum de recortes que hubiera desarrollado conciencia política. La película alterna secuencias en blanco y negro con imágenes teñidas de verde, azul, naranja, rosa o violeta. Los colores no buscan representar la realidad de forma naturalista. Funcionan como estados de ánimo, interrupciones y pequeñas descargas eléctricas.
La fotografía de Jaroslav Kučera convierte cada espacio en un laboratorio. Una habitación puede parecer doméstica durante unos segundos y transformarse después en una caja de juguetes psicodélica. Los cuerpos se fragmentan, las imágenes cambian de tonalidad y el montaje corta la continuidad hasta convertirla en picadillo cinematográfico.
En una de las secuencias más recordadas, las protagonistas se atacan juguetonamente con unas tijeras. Cada corte sobre sus cuerpos produce un corte en la propia película. Brazos, cabezas y piernas aparecen separados en pequeños rectángulos que flotan por la pantalla. La forma visual y la acción se funden: ellas recortan y la directora recorta con ellas.
Esta ruptura del montaje clásico no es un simple adorno experimental. Una película sobre mujeres que rechazan comportarse correctamente tampoco podía comportarse como una película obediente. La cámara, el sonido, el color y la edición participan en la rebelión.
Personalmente, esa coherencia es una de las cosas que más me fascinan. Las margaritas no se limita a hablar sobre la libertad. Intenta ejercerla en cada fotograma, aunque a veces esa libertad entre dando portazos y deje el cuarto hecho un pequeño apocalipsis floral.
🍰 La comida como placer, poder y munición política
En pocas películas se come tanto y con tan poca educación diplomática. Las Maries muerden, mastican, engullen, cortan y aplastan alimentos continuamente. La comida es placer, recompensa, decoración, arma y símbolo de una abundancia completamente desconectada de cualquier necesidad real.
Durante sus citas con hombres mayores, comer representa una forma de apropiación. Ellos esperan comprar compañía y afecto mediante cenas elegantes. Las jóvenes aceptan los platos, pero se niegan a entregar el comportamiento femenino que supuestamente debía acompañarlos. Consumen la comida sin permitir que los hombres las consuman a ellas.
El gran banquete del tramo final lleva esta lógica hasta el extremo. Las protagonistas encuentran una mesa preparada con cantidades deslumbrantes de alimentos. Al principio observan el festín con asombro. Después empiezan a probarlo y finalmente lo destruyen. Caminan sobre los platos, lanzan comida, rompen copas y utilizan el espacio como un escenario para su coronación grotesca.
La secuencia resulta divertida, pero también incómoda. La abundancia se convierte en desperdicio, y la liberación termina pareciéndose demasiado a la devastación. Las autoridades checoslovacas citaron precisamente la destrucción de alimentos como uno de los motivos para atacar y censurar la película. Su dedicatoria final responde con ironía a quienes se indignan ante una lechuga pisoteada mientras toleran formas de violencia mucho más graves.
La comida permite así que la película conecte lo corporal con lo político. Comer es existir, desear y ocupar espacio. Destruir comida, en cambio, plantea una pregunta más difícil: ¿en qué momento la rebelión deja de combatir el sistema y empieza a repetir su desprecio por las cosas?
😂 El humor absurdo como forma de resistencia
Las margaritas es muy divertida, aunque su humor rara vez se presenta de manera ordenada. Hay slapstick, repeticiones, sonidos mecánicos, movimientos acelerados, diálogos disparatados y una fascinación casi científica por incomodar a personajes respetables.
Las protagonistas se ríen constantemente. No siempre sabemos de qué se ríen, y precisamente ahí reside parte de su fuerza. La risa crea una comunidad privada a la que los demás personajes no tienen acceso. Los hombres hablan, presumen o intentan seducirlas, mientras ellas convierten sus palabras en ruido ambiental.
Ese humor también protege a la película de una interpretación demasiado rígida. Cuando creemos haber encontrado un mensaje definitivo, aparece un efecto sonoro ridículo, una salchicha cortada con entusiasmo sospechoso o un cambio de color que nos obliga a empezar de nuevo.
Chytilová utiliza la comedia como un disolvente. Derrite la solemnidad del poder, del romance, de la autoridad artística y hasta de su propio discurso. No permite que nadie se acomode en una posición de superioridad moral, ni siquiera el espectador que llega dispuesto a comprenderlo todo con expresión de profesor satisfecho.
🪆 Muñecas, máquinas y cuerpos que se niegan a obedecer
Al comienzo, las dos Maries se mueven de forma rígida y producen sonidos semejantes al chirrido de unas bisagras. Se describen como muñecas, y sus gestos parecen controlados por mecanismos invisibles. Esta representación sugiere que la feminidad no es algo completamente natural, sino una conducta aprendida y repetida.
Las protagonistas interpretan el papel de chicas ingenuas porque conocen sus reglas. Sonríen, inclinan la cabeza y adoptan voces infantiles. No obstante, exageran tanto esos gestos que dejan al descubierto su carácter artificial. La máscara femenina se convierte en una caricatura inquietante.
La película comienza, además, con imágenes de engranajes y destrucción bélica. El mundo aparece como una maquinaria dañada que continúa funcionando por pura inercia. Dentro de esa máquina, las Maries se comportan como dos piezas defectuosas que han decidido celebrar su defecto.
Sus cuerpos comen cuando deberían ser discretos, se tumban cuando deberían sentarse correctamente y ocupan espacios reservados para otros. No proponen escapar del cuerpo, sino utilizarlo como territorio de insubordinación. Cada carcajada, salto y bocado afirma que siguen ahí, incluso cuando la sociedad preferiría reducirlas a elementos ornamentales.
🧩 Una narración rota para representar un mundo roto
La estructura fragmentaria de Las margaritas puede desconcertar a quien espere una historia convencional. Las escenas no siempre están conectadas por relaciones claras de causa y efecto. Algunas situaciones se repiten con pequeñas variaciones y otras parecen surgir únicamente por asociación visual o sonora.
Esta discontinuidad reproduce la falta de orientación de las protagonistas. No conocemos sus familias, sus trabajos ni sus planes. Ambas comparten incluso el mismo nombre, lo que debilita la idea de una identidad individual estable. Son Marie I y Marie II, dos versiones de una figura que se duplica, se contradice y se contempla a sí misma.
La fragmentación también desafía el realismo socialista y sus relatos ejemplares sobre ciudadanos productivos, sacrificados y moralmente transparentes. La Nueva Ola Checoslovaca desarrolló sátiras y formas narrativas alternativas para enfrentarse a los modelos culturales oficiales, y Chytilová fue una de las voces más radicales de ese movimiento.
Aquí nadie produce nada. Las Maries no trabajan, no progresan y no aprenden una lección de manera convencional. Son una interrupción ambulante del ideal de productividad. En un mundo obsesionado con que cada persona cumpla una función, ellas convierten la inutilidad en una provocación.
🕯️ El significado del final de Las margaritas
Después de destruir el banquete, las protagonistas parecen arrepentirse. Regresan al salón e intentan colocar cada objeto en su lugar. Recogen platos rotos, reconstruyen fuentes y ordenan los restos mientras repiten que serán buenas y trabajadoras.
La reparación resulta deliberadamente absurda. Pretenden reconstruir alimentos aplastados y recomponer objetos irreparables como si bastara con representar el arrepentimiento para borrar las consecuencias. La escena parodia los relatos morales en los que los personajes reciben un castigo, reconocen sus errores y regresan dócilmente al orden.
Cuando terminan, se tumban sobre la mesa y afirman estar felices. Entonces la lámpara cae sobre ellas. El universo, al parecer, no concede diplomas por buena conducta tardía.
Este final puede leerse como una crítica a las protagonistas, cuya rebeldía carece de responsabilidad y termina devorándose a sí misma. Pero también puede interpretarse como una burla al sistema, que exige obediencia incluso cuando la obediencia ya no puede reparar nada.
La película termina vinculando esa destrucción con imágenes de guerra y con una dedicatoria dirigida a quienes solo se escandalizan por los alimentos pisoteados. La comparación es feroz. Una sociedad capaz de tolerar violencia política y militar puede fingir indignación moral ante un pastel destruido porque resulta más sencillo llorar por la vajilla que cuestionar el poder.
🚫 Censura y contexto político de Las margaritas
La película se estrenó en Checoslovaquia a finales de 1966 y fue recibida inicialmente con interés por parte del público y la crítica. Sin embargo, en 1967 recibió ataques oficiales y fue retirada temporalmente. Después de la invasión soviética de 1968 y del endurecimiento de la censura, volvió a ser prohibida, mientras Chytilová encontró enormes dificultades para continuar trabajando con libertad.
Las autoridades podían señalar el desperdicio de comida, pero el problema era más profundo. Las margaritas presentaba un mundo sin modelos positivos, cuestionaba la productividad, ridiculizaba la autoridad masculina y rechazaba las normas narrativas respaldadas por la cultura oficial.
Además, su ambigüedad hacía que fuera difícil neutralizarla. Una película con un mensaje político explícito puede ser atacada directamente. Una película que se disfraza de juego, farsa, collage y ataque de risa es una criatura mucho más resbaladiza. Intentar atraparla ideológicamente es parecido a detener una nube con una red de pesca.
Su historia demuestra que la experimentación formal nunca es completamente inocente. Cambiar la manera de contar también puede cambiar aquello que una sociedad considera pensable.
🔥 ¿Por qué Las margaritas sigue siendo una película moderna?
Aunque fue realizada en 1966, Las margaritas conserva una energía sorprendentemente contemporánea. Su montaje rápido, su combinación de formatos, sus cambios de color y su gusto por la fragmentación recuerdan lenguajes visuales que hoy encontramos en videoclips, redes sociales y piezas audiovisuales experimentales.
También siguen vigentes sus preguntas sobre el consumo y la representación femenina. Las Maries comprenden que la identidad puede convertirse en una actuación. Cambian de ropa, exageran gestos y utilizan estereotipos como disfraces. En una época donde la personalidad se empaqueta, se fotografía y se publica, esa intuición resulta casi incómodamente familiar.
No obstante, su modernidad no depende solo de la estética. La película se mantiene viva porque no ofrece respuestas tranquilizadoras. Celebra la rebelión y después muestra sus límites. Critica el orden, pero tampoco romantiza la destrucción. Defiende la libertad de sus protagonistas sin convertirlas en santas laicas con corona de margaritas.
Cada generación puede encontrar una película diferente dentro de ella: una sátira política, una obra feminista, una crítica del consumo, una comedia nihilista o un experimento sobre la propia naturaleza del cine. Probablemente sea todas esas cosas a la vez, dando vueltas en una batidora cromática que ha perdido la tapa.
🌺 Conclusión: una pequeña explosión que continúa floreciendo
Las margaritas no pretende gustar de manera educada. Su intención es provocar, seducir, irritar y obligarnos a revisar nuestras ideas sobre cómo debe comportarse una película y, especialmente, cómo deben comportarse las mujeres dentro de ella.
Las dos Maries no son modelos que debamos imitar. Son fuerzas de interrupción. A través de ellas, Věra Chytilová construye una obra donde la risa se convierte en resistencia, la comida en conflicto político y el montaje en una forma de desobediencia.
Mi relación con la película oscila entre la fascinación y el deseo ocasional de esconder toda la vajilla. Hay momentos en los que su energía resulta liberadora y otros en los que su caos parece mirarnos directamente, preguntándonos si romperlo todo constituye realmente una solución. Esa incomodidad es parte de su grandeza.
Más de medio siglo después, Las margaritas continúa fresca, insolente y difícil de domesticar. Parece una flor delicada vista desde lejos, pero al acercarse descubrimos que tiene dientes, unas tijeras y ninguna intención de pedir permiso.
