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Isabella Rossellini: elegancia, extrañeza y una carrera imposible de encasillar

Nacer dentro de una leyenda

Isabella Rossellini nació el 18 de junio de 1952 en Roma. Su apellido ya venía cargado de historia antes de que pudiera decidir qué hacer con él. Es hija del director italiano Roberto Rossellini, una de las figuras esenciales del neorrealismo, y de Ingrid Bergman, una de las actrices más célebres del cine clásico.

Crecer rodeada de cine no significó, sin embargo, seguir automáticamente el camino de sus padres. Rossellini tuvo que construir una identidad propia dentro de una familia que parecía haber ocupado ya todas las habitaciones importantes de la historia cinematográfica.

Durante su juventud vivió entre Europa y Estados Unidos, estudió y trabajó en distintos ámbitos antes de acercarse de manera más decidida al mundo de la moda y la interpretación. Su entrada en la vida pública no fue inmediata ni especialmente calculada. De hecho, una de las características más interesantes de su carrera es precisamente la cantidad de veces que ha cambiado de dirección.

De la moda a convertirse en un rostro internacional

Antes de consolidarse como actriz, Isabella Rossellini desarrolló una importante carrera como modelo. Durante los años setenta y ochenta apareció en numerosas revistas y campañas publicitarias y terminó convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles de la firma Lancôme.

Su belleza tenía algo difícil de clasificar dentro de los códigos tradicionales de la moda. Era sofisticada, pero no fría; clásica, pero también ligeramente extraña. Esa combinación terminaría siendo muy útil cuando comenzó a trabajar con directores interesados precisamente en personajes que parecían contener varias identidades al mismo tiempo.

Rossellini podía encajar perfectamente en una fotografía de alta costura y, unos años después, aparecer en una película de David Lynch cantando dentro de un club nocturno mientras todo alrededor empezaba a adquirir una textura de pesadilla.

Pocas carreras conectan esos dos mundos con tanta naturalidad.

Los primeros pasos en el cine

Rossellini comenzó a aparecer en películas durante la década de 1970, aunque inicialmente la interpretación no ocupaba el centro absoluto de su carrera.

Poco a poco empezó a asumir papeles más importantes y a desarrollar una presencia cinematográfica muy distinta de su trabajo como modelo. La cámara encontraba en ella algo más que fotogenia: había una mezcla de distancia, vulnerabilidad y misterio que podía resultar cálida o inquietante dependiendo de la escena.

Esa cualidad llamó especialmente la atención de David Lynch.

Y el encuentro entre ambos terminaría produciendo uno de los personajes más memorables del cine estadounidense de los años ochenta.

Dorothy Vallens en Terciopelo azul

En 1986 Isabella Rossellini protagonizó Terciopelo azul (Blue Velvet), dirigida por David Lynch.

Interpreta a Dorothy Vallens, una cantante de club nocturno cuya vida se encuentra atrapada dentro de una relación de violencia, miedo y sometimiento con Frank Booth, interpretado por Dennis Hopper.

Jeffrey Beaumont, el joven protagonista encarnado por Kyle MacLachlan, descubre la existencia de Dorothy mientras investiga el misterio de una oreja humana encontrada en un descampado. Lo que comienza como una curiosidad casi detectivesca termina arrastrándolo hacia un mundo completamente diferente del suburbio aparentemente tranquilo en el que vive.

Dorothy ocupa el centro emocional de ese descenso.

No es simplemente una mujer en peligro ni una figura misteriosa destinada a seducir al protagonista. Es un personaje profundamente herido, contradictorio y difícil de reducir a una sola explicación.

Rossellini interpreta esa fragilidad sin convertirla en debilidad.

Una interpretación incómoda y profundamente física

El trabajo de Rossellini en Terciopelo azul resulta especialmente poderoso porque Dorothy vive atrapada entre miedo, deseo, humillación y necesidad de afecto.

Algunas de sus escenas son deliberadamente incómodas. Lynch coloca al espectador en una posición similar a la de Jeffrey: observa algo que probablemente no debería estar viendo y, sin embargo, continúa mirando.

Rossellini se entrega al personaje con una vulnerabilidad extraordinaria. Dorothy puede parecer distante en una escena y completamente destruida en la siguiente. Puede buscar consuelo y, al mismo tiempo, reproducir comportamientos nacidos del trauma que está sufriendo.

La escena en la que aparece desnuda y desorientada frente a la casa de Jeffrey es especialmente significativa. La elegante cantante del club ha desaparecido y queda una mujer completamente expuesta, física y emocionalmente, ante una comunidad suburbana que no sabe muy bien cómo procesar aquello que está viendo.

Es uno de los momentos en los que Terciopelo azul deja de jugar únicamente con la perversión y muestra el daño que existe detrás.

Una colaboración personal y artística con David Lynch

La relación entre Isabella Rossellini y David Lynch no fue únicamente profesional. Ambos mantuvieron una relación sentimental durante varios años y colaboraron también en otros proyectos.

Rossellini apareció en Corazón salvaje (Wild at Heart, 1990) como Perdita Durango, un personaje muy diferente de Dorothy Vallens. Aquí su presencia es más grotesca, excéntrica y cercana al universo delirante que Lynch construye alrededor de los protagonistas.

También participó en otros trabajos vinculados al director y quedó inevitablemente asociada durante un tiempo a su imaginario.

Sin embargo, Rossellini nunca permitió que esa colaboración definiera por completo su carrera.

Su filmografía posterior demuestra precisamente lo contrario.

Una actriz difícil de encasillar

Después de Terciopelo azul, Rossellini comenzó a trabajar en producciones muy diferentes.

Apareció en dramas, comedias, películas independientes y producciones internacionales, alternando personajes sofisticados con otros considerablemente más excéntricos.

Participó en películas como Cousins, Death Becomes Her, Fearless, Big Night e Immortal Beloved. Cada una aprovechaba una faceta distinta de su presencia.

En Death Becomes Her (La muerte os sienta tan bien), por ejemplo, interpretó a Lisle von Rhuman, una misteriosa mujer que posee un secreto relacionado con la eterna juventud. La película explota de manera juguetona su imagen de elegancia casi sobrenatural y la convierte en una figura situada entre la diva, la hechicera y la empresaria de productos cosméticos absolutamente imposibles.

Rossellini parecía disfrutar especialmente cuando un personaje llevaba incorporado cierto grado de rareza.

La edad y una industria obsesionada con la juventud

Uno de los episodios más conocidos de su carrera fuera del cine estuvo relacionado con Lancôme.

Rossellini había sido durante años uno de los rostros principales de la marca, pero la relación terminó cuando alcanzó una edad que la industria cosmética consideraba poco adecuada para representar determinados productos.

La decisión adquirió con el tiempo una dimensión bastante irónica.

Años después, Lancôme volvió a contratarla, esta vez precisamente como una mujer madura y no intentando fingir que el tiempo se había detenido en algún despacho publicitario de los años ochenta.

Rossellini ha hablado en numerosas ocasiones sobre el envejecimiento, la belleza y la manera en que las mujeres son tratadas por determinadas industrias. En lugar de intentar conservar eternamente la imagen de su juventud, convirtió el paso del tiempo en una parte visible de su identidad pública.

Una curiosidad inesperada por los animales

Una de las facetas más sorprendentes de Isabella Rossellini apareció lejos del cine convencional.

Durante años desarrolló un profundo interés por la biología, el comportamiento animal y la conservación. Llegó a estudiar estas materias académicamente y comenzó a crear pequeños proyectos audiovisuales educativos donde combinaba ciencia, actuación y un sentido del humor completamente peculiar.

La serie Green Porno es probablemente el ejemplo más conocido.

En estos cortometrajes, Rossellini explica los comportamientos reproductivos de diferentes animales utilizando disfraces, decorados deliberadamente sencillos y recreaciones que parecen surgidas de una clase de biología impartida después de un sueño especialmente extraño.

Puede aparecer vestida de insecto, molusco o criatura marina explicando con absoluta seriedad detalles sobre apareamiento y reproducción.

Es difícil imaginar a muchas estrellas internacionales tomando esa decisión profesional.

Precisamente por eso funciona tan bien.

Ciencia, humor y una segunda carrera inesperada

Green Porno dio lugar a otros proyectos relacionados con el comportamiento animal, la maternidad y la inteligencia de diferentes especies.

Rossellini convirtió su curiosidad científica en una extensión de su carrera artística. En lugar de limitarse a presentar documentales de manera convencional, utiliza el teatro, el humor y la performance para explicar conceptos biológicos.

Esta etapa demuestra algo importante sobre su personalidad profesional: nunca pareció demasiado interesada en mantener una imagen perfectamente coherente.

Modelo.

Actriz.

Icono del cine de Lynch.

Estudiante de comportamiento animal.

Creadora de cortometrajes científicos vestida de insecto.

Todo puede pertenecer a la misma persona.

El regreso a papeles de gran visibilidad

Durante las décadas siguientes, Rossellini continuó trabajando regularmente en cine y televisión.

Apareció en producciones como Alias, 30 Rock, Joy y diferentes proyectos europeos y estadounidenses, manteniendo una presencia constante sin necesidad de ocupar siempre el papel protagonista.

Con el paso de los años, su imagen cinematográfica también cambió. Aquella misteriosa belleza asociada a Terciopelo azul fue dando paso a personajes más maduros, excéntricos, autoritarios o directamente cómicos.

Rossellini supo aprovechar esa transformación en lugar de combatirla.

Y esa capacidad probablemente explique buena parte de la longevidad de su carrera.

La quimera y una nueva generación de cineastas

En La chimera (La quimera, 2023), de Alice Rohrwacher, Rossellini volvió a destacar dentro del cine europeo.

Interpreta a Flora, una mujer vinculada a una historia donde arqueología, fantasmas, memoria y deseo terminan mezclándose. La sensibilidad de Rohrwacher, situada entre el realismo y la fábula, encaja especialmente bien con una actriz acostumbrada desde hace décadas a habitar películas donde la realidad nunca está completamente cerrada.

Rossellini aporta al personaje una combinación de autoridad y melancolía que demuestra que su presencia cinematográfica no depende ya del misterio asociado a su juventud.

La cámara encuentra otras cosas.

Y ella sabe perfectamente qué hacer con ellas.

Cónclave y una presencia que necesita pocas palabras

En Cónclave (2024), Rossellini interpretó a la hermana Agnes, una religiosa que trabaja durante el proceso de elección de un nuevo papa.

El personaje tiene una presencia relativamente contenida dentro de una película dominada por intrigas, conversaciones y luchas de poder. Sin embargo, Rossellini consigue convertir sus silencios y observaciones en parte importante de la tensión.

Es un buen ejemplo de cómo ha evolucionado su interpretación.

Ya no necesita personajes expansivos ni grandes escenas para hacerse notar. Puede permanecer aparentemente en segundo plano y esperar el momento adecuado para intervenir.

Décadas delante de una cámara enseñan, entre otras cosas, que a veces hacer menos produce bastante más ruido.

La hija de Bergman y Rossellini que terminó siendo simplemente Isabella

Durante buena parte de su vida, Isabella Rossellini tuvo que convivir con los nombres de sus padres.

Ser hija de Ingrid Bergman y Roberto Rossellini suponía heredar una conexión inmediata con dos capítulos fundamentales de la historia del cine, pero también implicaba una comparación casi inevitable.

Con el tiempo, consiguió algo bastante más difícil que estar a la altura de aquella herencia.

Construyó una identidad que no se parece demasiado a ninguna de las dos.

Su trayectoria incluye moda, cine comercial, cine de autor, televisión, ciencia, escritura y proyectos experimentales. No ha intentado reproducir la carrera de su madre ni convertirse en una continuación del cine de su padre.

Eligió caminos mucho más extraños.

Probablemente esa fue la mejor manera de escapar de semejante apellido.

El legado de Isabella Rossellini

Isabella Rossellini ocupa un lugar peculiar dentro de la cultura contemporánea porque resulta difícil decidir exactamente desde qué lugar observarla.

Para algunos seguirá siendo Dorothy Vallens cantando Blue Velvet bajo una luz azul antes de desaparecer detrás del telón.

Para otros será una de las grandes modelos de los años ochenta.

Otros la reconocerán como la mujer que decidió explicar la reproducción animal disfrazándose de diferentes especies.

Y generaciones más recientes la han descubierto en películas como La quimera o Cónclave.

Todas esas imágenes pertenecen a la misma carrera.

Pero quizá Terciopelo azul siga siendo el lugar donde mejor puede entenderse aquello que la hacía tan singular delante de una cámara. Isabella Rossellini posee una mezcla poco habitual de elegancia y vulnerabilidad, de familiaridad y extrañeza. Parece pertenecer al mundo que estamos viendo y, al mismo tiempo, guardar una puerta hacia otro completamente distinto.

David Lynch supo reconocerlo.

Y Dorothy Vallens entró por esa puerta.


 

Terciopelo azul (1986)
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Terciopelo azul (1986)

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