Las aventuras de Dios
🎬 Año: 2000
⏱ Duración: 1h 23min
🌍 País: Argentina
🎥 Director: Eliseo Subiela
📖 Guion: Eliseo Subiela
🎭 Género: Drama, Fantasía
💰 Presupuesto: Desconocido
💵 Taquilla: Desconocido
Las aventuras de Dios (2000): Un viaje al ombligo del universo con escala en el diván
Prepárate. Vas a entrar en un hotel de los años 30 del que quizá no salgas. O peor: salgas queriendo escribir poesía. Las aventuras de Dios de Eliseo Subiela es esa película que tus amigos cinéfilos mencionan en cenas para parecer interesantes, y tú asientes sin saber muy bien si es una obra maestra o una tomadura de pelo. Spoiler: es las dos cosas.
🌊 El origen: Cuando el subconsciente toma el mando (y el mando explota)
Todo empieza con un tío saliendo del mar. Literalmente. Pasta Dioguardi emerge de las aguas con cara de «¿dónde coño estoy?» que, oye, será la misma cara que pondremos nosotros durante 90 minutos.
Subiela confesó que escribió el guion mediante «escritura automática» surrealista. Veinte páginas de subconsciente puro que le asustaron tanto que decidió meter todo ese desmadre en un marco narrativo «más racional».
¿El resultado? Una película que quiere ser sueño pero no se atreve a soltarse la coleta. Es como ese amigo que se viste de hippie pero no olvida llevar el cargador del iPhone.
🏨 El hotel: Preciosa cárcel de almas perdidas
La «acción» transcurre en un hotelazo de los años 30 en Montevideo. Visualmente es una pasada: columnas, maletas apiladas, luz decadente. La fotografía se esfuerza por crear ese «no-lugar» de la introspección.
El problema es que el hotel es un personaje bellísimo pero sin texto. Es el escenario perfecto para una obra de Ionesco, pero los actores que lo habitan parecen extraviados en un ensayo.
El protagonista (sin nombre, claro, porque si tuviera nombre no sería arquetipo) y Valeri (Flor Sabatella, la chica que todos quisiéramos tener en nuestro limbo) deambulan preguntándose si están siendo soñados o si sueñan.
Muy bonito. Pero cuando llevas cuarenta minutos y el mayor conflicto es si abrir o no una puerta, empiezas a echar de menos a tu cuñado pesado.
✝️ Jesús en el hotel: El cameo más divino y más plano
Aparece Jesús. Daniel Freire interpreta a un Jesucristo que se pasea por el hotel como si estuviera de vacaciones en la matchless.
En una película que ya coquetea con el psicoanálisis (no falta el diván), la religión y la literatura, meter a Cristo podría ser un golpe maestro. ¿Es Dios el que sueña al hombre? ¿Somos todos un sueño divino? ¿Es el hotel el purgatorio?
Pues no. Jesús aparece, suelta una frase críptica y se va. No hay conflicto teológico, no hay nada.
Es como si Subiela hubiera pensado: «Bueno, la película se llama Las aventuras de Dios, en algún momento tendré que poner a Dios». Y ahí lo meten, como quien pone una maceta en el salón.
🎪 Pasta Dioguardi: Un titiritero en la piscina de los grandes
Pasta Dioguardi era titiritero y cirquense callejero. Y se nota. No lo digo como halago.
Su debut cinematográfico tiene la frescura de alguien que no viene del método, pero también la rigidez de quien no sabe cómo llenar el vacío de un primer plano.
En el circo la exageración es ley. En el cine, la cámara lo amplifica todo. Dioguardi mira con ojos de «no sé dónde estoy» que funciona para el personaje, pero que a los veinte minutos cansa.
Al lado de monstruos como Lorenzo Quinteros, el pobre Pasta parece un pasajero en primera clase sin tarjeta de embarque. Es valiente su entrega, pero la película le exige una profundidad que él no puede darle.
Eso sí: tiene el mérito de no caer en la sobreactuación gritona. Simplemente… actúa poco.
📼 La revolución digital: Pioneros del pixel feo
Si algo hay que reconocerle es su valor como pionera. En el año 2000, filmar en digital en Argentina era casi un acto de rebeldía.
El INCAA la había descartado. Subiela se fue a filmar con alumnos de su escuela y con una cámara digital, para luego ampliar a 35mm. Hoy es moneda corriente, entonces era una declaración de intenciones.
Visualmente, esto tiene consecuencias. Hay una textura «sucia», una iluminación a veces plana, que contribuye a esa sensación de irrealidad. Pero también hay planos que parecen sacados de una telenovela de bajo presupuesto.
La libertad sin control férreo puede convertirse en un campo de minas. Subiela se sintió tan libre que olvidó que el espectador necesitaba un asidero.
💬 Los diálogos: Entre la poesía y la frase de taza
«Enséñeme a llorar, Valeria». «Empiece por reírse».
Hay momentos de una belleza poética arrebatadora. La paloma que sale del vientre de la mujer desnuda. Las maletas apiladas como metáfora de vidas en tránsito.
Y luego están los diálogos sentenciosos, pretendidamente literarios, que parecen sacados de un concurso de frases bonitas de Instagram. Si existiera Instagram en el año 2000, claro.
Subiela se pasea por la línea que separa el «thriller metafísico» del «videoclip de filosofía barata» con la elegancia de un equilibrista borracho.
🌀 La crítica: Entre el halago de culto y la quema de libros
La recepción fue divertida. Mientras unos la ven como una molestia de imaginería pretenciosa que mezcla a Buñuel y Bergman sin gracia, otros la alaban por su «lógica de sueño perfecta».
Hay quien la ve y piensa que es la Black Lodge de David Lynch. Hay quien la llama «ejercicio netamente ombliguista».
Y es que la película no sabe si quiere ser buena o ser profunda, y a menudo confunde lo uno con lo otro. No es una mala película. Es una película que no sabe si quiere ser buena.
🎵 La música: Lo que te salva del aburrimiento
Osvaldo Montes compone una banda sonora que merece mejor película. O al menos, merece una película que esté a su altura.
La música envuelve, acaricia, amenaza. Cuando los diálogos se vuelven insoportables y las miradas perdidas de Dioguardi te hacen querer gritar «¡pasa algo, coño!», la partitura de Montes te sujeta de la solapa y te dice: «Tranquilo, quédate un rato más».
Es el pegamento que sostiene un castillo de naipes narrativo. Sin ella, la película se vendría abajo en el primer cuarto de hora.
🧩 El psicoanálisis: Todos al diván
Aparece un diván. Por supuesto que aparece un diván. No podía faltar.
El protagonista se acuesta, habla, recuerda, inventa. Subiela era un enamorado del psicoanálisis y aquí lo vuelca sin pudor. El hotel como metáfora de la mente. Las puertas como recuerdos reprimidos. Los pasillos como laberintos del inconsciente.
Todo muy freudiano, muy junguiano, muy de charla de café con amigos que acaban de descubrir Lacan.
El problema no es la influencia, es la falta de cocción. Las ideas están ahí, crudas, esperando que el espectador las cocine. Pero el espectador ha venido a ver una película, no a terminar el guion.
🌍 Montevideo: Ciudad que parece un sueño
El rodaje en Montevideo no es casual. La ciudad, con su mezcla de europeísmo decadente y melancolía rioplatense, es el escenario perfecto.
Ese Río de la Plata infinito, más mar que río, más horizonte que frontera. Esa luz que parece filtrada por la nostalgia.
Subiela aprovecha el decorado natural. Las calles vacías, los edificios viejos, esa sensación de ciudad detenida en el tiempo. Montevideo es un personaje más, y de los mejores.
Si la película funciona a ratos, es porque la ciudad sostiene lo que el guion no puede.
👥 Los secundarios: Cuando te roban la función
María Concepción César, Lorenzo Quinteros, Jorge Temponi. Aparecen, dicen sus frases crípticas y desaparecen.
Pero en esos pocos minutos demuestran lo que es actuar de verdad. Mientras el protagonista deambula con cara de «esto es muy profundo», ellos construyen personajes en tres pinceladas.
Quinteros, en particular, tiene una escena que dura dos minutos y te deja con ganas de una película entera sobre su personaje. Pero no, tenemos que volver al hotel y a las preguntas existenciales del protagonista sin nombre.
Uno de los grandes pecados de la película es desaprovechar este talento.
🎨 El surrealismo: Intentando ser Buñuel
Las influencias son claras: Buñuel, Dalí, Cocteau. La imagen del ojo, las puertas que se abren a ninguna parte, la mujer que aparece y desaparece.
Pero el surrealismo de Buñuel tenía mala leche, ironía, crítica social. El de Subiela es más bien naíf, casi benévolo. Es un surrealismo de buenas intenciones.
Falta el cuchillo afilado. Falta la voluntad de molestar de verdad. En su lugar, hay una voluntad de emocionar, de conmover, que a menudo resulta cargante.
El surrealismo sin peligro es simplemente decoración. Y aquí hay mucha decoración.
❤️ El amor: ¿Realidad o ficción soñada?
La relación entre el protagonista y Valeri es el motor emocional. O debería serlo.
Ella es misteriosa, aparece y desaparece, dice cosas bonitas, se desnuda con naturalidad. Él la busca, la pierde, la sueña, la inventa.
¿Es real? ¿Es un sueño? ¿Es una proyección? La película juega con esa ambigüedad durante todo el metraje.
El problema es que cuesta conectar con ellos. La falta de química real entre los actores, unida a la abstracción de los diálogos, hace que el romance se sienta más como un ejercicio filosófico que como algo que nos importe de verdad.
Quieres quererlos. Pero no puedes.
⏳ El ritmo: Cuando el tiempo se detiene (y no en el buen sentido)
Hay películas lentas que te atrapan. Tarkovski, Béla Tarr, incluso el propio Subiela en Hombre mirando al sudeste.
Y hay películas lentas que simplemente… no avanzan. Las aventuras de Dios pertenece a este segundo grupo.
Los planos se alargan. Los silencios se estiran. Las miradas se prolongan. Y uno empieza a mirar el reloj, luego la pared, luego la mosca que vuela por la habitación.
La lentitud debería servir para sumergirnos. Aquí sirve para que nos demos cuenta de que, en realidad, no está pasando gran cosa.
🏆 Lo bueno: Lo que merece la pena salvar
Vale, no todo es malo. La fotografía es excelente. La música, ya lo dije, es maravillosa. La idea de fondo (la vida como sueño de Dios, la identidad como construcción) es interesante.
Hay imágenes que se quedan grabadas. La mujer desnuda en la bañera. El hombre que busca su nombre. Las maletas como tumbas de recuerdos.
Subiela tenía talento para la imagen poderosa. Lo que le faltaba era la disciplina para construir una narrativa que sostuviera esas imágenes.
Por eso la película funciona mejor en fragmentos sueltos que como conjunto. Mejor para ver en YouTube por escenas que para sufrir entera.
😅 Lo malo: Lo que hace que quieras pegarte un tiro
Los diálogos. Dios mío, los diálogos.
«¿Quién soy?» «No lo sé, pero puedes inventarte». «Enséñame a soñar». «Ya estás soñando».
Parece un manual de autoayuda escrito por un alienígena que ha aprendido español leyendo a Benedetti borracho.
La solemnidad con la que se dicen estas cosas es casi cómica. Nadie se ríe, nadie se toma un respiro, nadie dice «esto es una tontería». Todos están en modo trascendental permanente.
Un poco de autoconciencia, un poco de humor, habría salvado la película. Pero no. Aquí vamos a ir a lo profundo aunque nos ahoguemos.
🧐 Interpretaciones: Lo que cada uno quiere ver
Lo fascinante de la película es que cada espectador proyecta lo que quiere. Unos ven el purgatorio. Otros ven un sueño. Otros ven la mente de un moribundo. Otros ven simplemente un hotel con huéspedes raros.
Subiela construye un artefacto tan abierto que cualquier interpretación vale. Lo cual es un mérito y un defecto.
Mérito porque permite múltiples lecturas. Defecto porque, si todo vale, nada vale realmente. La ambigüedad sin anclaje se convierte en vaguedad.
El espectador sale del cine con la sensación de haber visto algo profundo, pero si le preguntas de qué iba, no sabe explicarlo. Y eso, en arte, no siempre es bueno.
📊 ¿Culto o estafa? El veredicto de la historia
Con los años, la película ha ganado estatus de culto. Se proyecta en ciclos de cine raro. Los fans la defienden con pasión. Los detractores la ponen a parir.
Probablemente la verdad esté en medio. No es la obra maestra que unos dicen ni la tomadura de pelo que otros denuncian.
Es una rareza. Un experimento. Un director jugando con su propio subconsciente y dejándonos mirar por el agujero de la cerradura.
A veces lo que se ve es fascinante. A veces es simplemente un tío en calzoncillos preguntándose quién es. Como la vida misma, vamos.
🔚 Conclusión: ¿Merece la pena esta aventura?
Las aventuras de Dios es como ese restaurante caro donde la comida es más decorativa que sabrosa. Entras por la fachada (el hotel, la fotografía, la música), pero cuando muerdes, el sabor se disuelve en nada.
Si eres de los que disfrutan más hablando de una película que viéndola, este es tu Santo Grial. Te hará sentir inteligente por asociar sus imágenes con Bachelard o con la literatura de Unamuno.
Pero si eres de los que necesitan que pase algo, que los personajes tengan arcos o que el guion no parezca escrito por un algoritmo existencialista, huye. Huye al cine de acción más cercano.
Subiela se la jugó. La película no gana siempre la partida, pero al menos nos recuerda que el cine argentino puede ser incómodo, extraño y fallido.
Y nunca, nunca aburrido. Bueno, a ratos sí. Pero con estilo.
